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El hombres sin límites

“Los niños necesitan ver a sus padres plenos, no sacrificados. El principio de ser yo la prioridad para poder priorizar a los que amo es fundamental, pero lo hemos olvidado”.

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Carlos Galdós,
"Conato de berrinche (es decir, arranque de frustración) y mi última oración fue: 'Mi vida, tú eliges, carne o pollo, pero no hay más. Esto no va a cambiar'".
Fecha actualización:
16/06/2025 - 07:05
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Primero YO, luego mi pareja y después mis hijos. Ese es el orden. No eres un buen ejemplo si te inmolaste por tus hijos, si te quedaste vacío de tanto dar. Sacaste de tu vida tus metas, tus sueños, tus ilusiones; te convertiste en un papá gris, deprimido. Los niños necesitan ver a sus padres plenos, wno sacrificados. El principio de ser yo la prioridad para poder priorizar a los que amo es fundamental, pero lo hemos olvidado.

Estamos convencidos de que ser los padres Uber absolutamente todos los fines de semana es amor y seguro que tus hijos te lo agradecerán, pero no necesariamente serás el ejemplo que necesitan para poder ser quienes quieran ser en sus vidas.

El concepto del amor sacrificado, de darlo todo hasta drenarme, del primero los demás y yo para después, tarde o temprano nos pasará factura, nos habrá convertido en personas que no saben poner límites y, peor aún, hay un precio invisible que pagarán nuestros hijos.

Esta reflexión viene a colación de dos últimos episodios que tuve este fin de semana. El primero, a propósito de una invitación a almorzar en casa de unos amigos. De pronto uno de mis hijos tuvo la genial idea de no querer comer nada de lo que había. “Papá, no quiero comer carne, no me gusta”. “OK, mi vida, entonces come el pollo que está en la parrilla”.

“No quiero comer pollo”. “Bueno, mi amor, si no quieres comer el pollo ni la carne, no hay otra opción. Pero tú ya sabes que, si no comes eso ahora, no comes nada hasta la hora de la cena, y lo que va a haber será exactamente lo mismo, no va a cambiar”.

Conato de berrinche (es decir, arranque de frustración) y mi última oración fue: “Mi vida, tú eliges, carne o pollo, pero no hay más. Esto no va a cambiar”.

Ni bien terminé de ejecutar sentencia, mi amigo, su esposa, su cuñado y la esposa de su cuñado, todos en coro dijeron: “Pobreciiiiiiito, no tiene hambre, seguro quiere otra cosa” , y desde esa forma de amar a los niños tan distorsionada que tienen algunos adultos dieron inicio al festival de alternativas gastronómicas como si la vida real fuera un Mistura dentro de la casa.

“¿Qué quieres?, ¿que te pida por Rappi, papito?, ¿pizza?, ¿una hamburguesa?, ¿salchipapas?”. Cada plato propuesto dejaba de lado esa sabiduría de nuestros padres y abuelos que nos ha permitido sobrevivir hasta el día de hoy, la de “se come lo que hay y punto.” Porque, después de eso, lo que viene es un futuro adulto que construye con lo que hay, que entiende que no siempre todo está a su disposición, que habrá muchos momentos en la vida donde lo que hay es lo disponible y el siguiente paso a su cargo no será hacer berrinche, sino transformar.

Dos horas después, a las cuatro de la tarde, el mismo niño, la misma comida, las mismas opciones, carne o pollo continuaban ahí; ahora con la diferencia del hambre: “Papá, tengo hambre, ¿puedo comer la carne?”. “No, mi vida, te dije que si no comías la carne en ese momento, tendrías que esperar hasta la siguiente oportunidad, que es a la hora de la comida a las seis de la tarde”. Nuevamente, apareció el escuadrón de adultos al rescate: “Pero pobreciiiito, se está muriendo de hambre. Qué malo que eres, cómo lo vas a dejar así sin comer, le va a dar dolor de cabeza”.

Seis de la tarde en punto, el mismo niño (mi hijo), la misma comida. Ambos en la misma mesa donde hacía cinco horas había exhibido un berrinche porque “qué fea la carne”, sentadito, sonriendo y diciendo “qué rica está la comida, ¿puedo comer más?…”. Los mismos adultos , el mismo padre, lección aprendida.

Episodio 2: reunión de viernes por la noche con grupo de amigos del colegio a propósito del Día del Padre. Tragos van, cervezas vienen, chistes, recuerdos tontos, apodos de infancia, nuevamente tragos van, vinos vienen y, siendo exactamente las 9:30 de la noche, en el pico más alto de la algarabía suena el celular de mi queridísimo amigo Roberto, el más chonguero del grupo. “Es mi hija”, hace un gesto pidiendo silencio, se va a un lado de la reunión, regresa con carita acongojada y dice: “Puta madre, chicos, me voy. Tengo que llevar a mi hija a una reunión”.

Automáticamente, toda la tribu paterna masculina respaldó: “Bueno, compadre, vaya, vaya”, “es su deber como padre”, “puta madre, qué jodido que es ser papá, pero así es, pues, hay que llevar a los chicos a todos lados”, “a mí mi hija me tiene huevón todos los fines de semana pidiéndome que la lleve a sus fiestas”, “desde que mis hijos van a fiestas yo ya ni tiro con mi esposa”, y así un rosario de quejas, siendo estas las más elevadas y publicables.

Tres preguntas: 1- ¿Qué pasa si le dices a tu hija que hoy no la vas a llevar porque estás con tus amigos del colegio y tienes todo el derecho a divertirte? Es decir, te pasas todos los fines de semana de tu vida siendo el Uber de tu retoño que, al día de hoy, tiene 22 años y no te sientes en la libertad de decirle que hoy no serás su Jaime?

2- ¿Te has dado cuenta de que no es posible que una mujer de 22 años no sepa ni pueda movilizarse sola? Y, peor aún, desde ese malinterpretado acto de amor, le estás robando la posibilidad de ser independiente. Tenemos una señorita de 22 años dependiendo de su papito para ir a divertirse.

3- ¿Te parece adecuado no tener vida sexual con tu esposa porque, como tú mismo dices, desde que son padres todo gira en torno a sus hijos? ¿Es ese el modelo a seguir?

LÍMITES, el amor tiene límites. Y necesitamos sembrarlos en nuestros hijos porque, si no, serán más adelante adultos que confundirán amor con sacrificio extremo. Creerán que elegirse es un acto de egoísmo. No sabrán decir “no” sin culpa y vivirán para complacer, pero por dentro se sentirán vacíos.

Y el impacto será a todo nivel, por ejemplo, en el laboral. Aceptarán trabajos mal pagados o injustos. No pedirán aumento por miedo a incomodar. Vivirán para el trabajo sin límite de horario. Se harán cargo de tareas que no les corresponden. Serán vistos como “el que aguanta todo”. No sabrán delegar. Vivirán en constante sobrecarga. Dejarán de lado proyectos propios. No pondrán límites a jefes o colegas invasivos. Burnout emocional constante, es decir, el día menos pensado colapsarán.

En una capa más profunda, sentirán que viven la vida de otros. No sabrán qué quieren de verdad. Vivirán con un sentimiento de estar atrapados. Perderán identidad. Tendrán dificultad para poner fin a ciclos. Habitarán lealtades invisibles que los esclavizarán. Envejecerán resentidamente. Sus vidas no tendrán un propósito claro y la peor de todas: MORIRÁN SIN SABER QUIÉNES REALMENTE ERAN.

Estas líneas las escribo desde un lugar que conozco muy bien. Yo soy ese humano que necesitó aprender a poner límites porque me di cuenta de que la vida se me iba y no quiero lo mismo para mis hijos.

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