El mar guarda los recuerdos en silencio. En sus olas permanecen las voces que un día gritaron desde El Frontón. Ese lugar que fue cárcel, que fue escenario de una de las heridas más profundas de nuestra historia reciente, vuelve ahora como promesa de grandeza y como obra monumental anunciada por un gobierno que confunde firmeza con espectáculo.
Habla de quinientos millones de soles para levantar muros sobre una isla donde no hay agua ni desagüe, donde todo deberá llegar diariamente en barcos que sumarán altos costos. Una suma gigantesca para un penal que, según ese anuncio oficial, albergaría a dos mil internos de alta peligrosidad. Sin embargo, un informe técnico del INPE concluyó que el terreno solo permitiría acoger a ciento ocho reclusos. La misma evaluación estimó un costo real que superaría los mil doscientos millones de soles, más del doble de lo que hoy promete el Ejecutivo.
El anuncio no es nuevo. En cada ciclo político alguien desempolva el nombre de El Frontón como símbolo de mano dura. Se le nombra para tranquilizar miedos, como si la piedra y el cemento pudieran sustituir a un verdadero plan de seguridad ciudadana. En esa repetición se confunde lo espectacular con lo efectivo, lo caro con lo necesario, lo simbólico con lo real. En las cárceles del país conviven el hacinamiento, la corrupción y el abandono. La construcción de un Alcatraz latino se presenta como solución milagrosa.
La isla parece un espejo donde se refleja nuestra forma de gobernar. Se promete lo imposible mientras se descuida lo urgente. Se invoca una cárcel fantasma para esconder que los problemas de inseguridad comienzan en calles sin presencia policial, en barrios sin oportunidades, en instituciones debilitadas. En ese espejo nos vemos atrapados en la tentación de la obra monumental y en el olvido de las políticas públicas sostenidas. La seguridad no está en una isla sitiada por el mar, sino en un sistema penitenciario más eficiente y en la construcción paciente de instituciones que funcionen en tierra firme.
Convertir a El Frontón en escenario de marketing político no lo hará un penal eficiente, más útil ni menos doloroso. Las aguas seguirán rodeando la isla, indiferentes, y quizá algún día nos pregunten qué tan lejos puede llegar un país cuando decide invertir en fantasmas en vez de construir justicia.