En días pasados hubo dos estrenos simultáneos contándonos que las cosas no siempre son lo que parecen. Secretos de Estado, un docudrama que se estrenó en cines, y la serie El fiscal, la presidenta y el espía, en Netflix. El primero cuenta con pruebas y lujo de detalles cómo Bush, Cheney, Rumsfeld y Rice, apoyados por Colin Powell, conspiraron para espiar a los miembros menores del Consejo de Seguridad de las NN.UU. ¿La finalidad? Presionarlos para que votaran la resolución que les permitía una guerra legal contra Iraq. Tony Blair fue un entusiasta colaborador de la iniciativa y empujó a su país a la guerra con todo. ¿Suena familiar? En 2003, Bush desencadenó la operación Shock and Awe (Golpe y asombro). Optimista y/o irresponsable dio por concluida exitosamente la guerra (Mission Accomplished) solo dos meses después. Quince años más tarde, con 4,600 muertos en las fuerzas de ocupación y entre 150 mil y un millón del lado iraquí, los golpes siguen lloviendo en una guerra que no tiene fin y seguimos sin salir del asombro. La razón, digamos oficial, era que Saddam tenía armas de destrucción masiva. Nunca se encontraron. La verdadera razón era apropiarse del petróleo de Iraq y para eso nos contaron el cuento del tío.