En estos días feriados estuve en un balneario norteño intentando relajarme, estando todo el día en el mar. En una de esas vi una lancha que se llamaba “Don’t worry, be happy” (los botes tienen todo tipo de nombres) y me acordé en un santiamén de que cuando era chico, en la playa a la que iba, había también un bote que se llamaba de la misma manera y que siempre me hacía sentir bien.
¿Por qué me hacía sentir bien? Porque era un niño angustiado. Yo siempre estaba preocupado. La gente que me conoce, seguramente al leer esto, va a creer que estoy inventando o exagerando, porque ya no soy una persona angustiada. Logré superar mis ansiedades gracias a años de terapia. ¿Por qué cuento esto? Porque me di cuenta de que jamás hablé con mis padres de esto cuando era chico, nunca les dije que yo vivía preocupado. Uno podrá decir: “Claro, pero los papás deberían darse cuenta”. Y sí, pero también hay casos de niños que no parecen estar sufriendo, y lo están.
Por eso, me provocó escribir sobre esto, porque es importante que los padres observen bien a sus hijos, traten de ser más agudos con algunas características o síntomas que sus hijos puedan estar presentando a pesar de que aparenten estar muy bien o sean funcionales. Los que tenemos hijos adolescentes o niños tenemos que estar muy atentos. Nuestros hijos pueden estar padeciendo bullying, acoso sexual, adicciones, depresión funcional, ansiedad, déficit de atención y muchas cosas más, y nosotros no darnos cuenta.
También sucede que a veces sí percibimos ciertas cosas, pero las negamos o reprimimos, las minimizamos. Salgan de la burbuja, no vivimos en un mundo color de rosa.
Y a propósito de esto último, quisiera terminar hoy permitiéndome una pequeña expresión política, social y psicológica: Viva Venezuela, y qué felicidad ver caer a un genocida más, como Maduro, que durante años no solamente ha empobrecido a nuestros hermanos del continente, sino que los ha llenado de angustia, miedo y ansiedad.