La Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín (1989) y la desintegración de la Unión Soviética (1991). La guerra la había ganado el liberalismo de los Estados Unidos, con la democracia en la política y el capitalismo en la economía. Sería el fin de las guerras y de las revoluciones porque las necesidades las cubriría el mercado, y el fin de la lucha de las ideologías porque habría un pensamiento único (El fin de la historia y el último hombre, Francis Fukuyama). No obstante, se recordó que las creencias sagradas eran el elemento clave de las civilizaciones (Estudio de la historia, Arnold Toynbee), por lo que el conflicto de ideologías sería sustituido por el de las religiones (El choque de las civilizaciones, Samuel Huntington). Sin embargo, el mundo ha ido por otros rumbos. Ese es el riesgo de hacer predicciones: equivocarse. No aspiro a tanto, porque mi trabajo es otro, pero veamos qué pasó esta semana.
Comencemos con Trump. El martes invitó a cenar en la Casa Blanca a los líderes en tecnología: Mark Zuckerberg (Facebook), Bill Gates (Microsoft), Tim Cook (Apple) y tantos más, solo faltaba Elon Musk (X), alejado por una bronca previa. ¿Cena de amigos o de negocios? Hacía poco Trump había comparado la competencia por la inteligencia artificial (IA) con la Guerra Fría. Vamos a ganar la guerra de la IA, había dicho, porque no permitiremos que ninguna nación nos gane. Esa otra nación es China y la cena era para preparar la guerra digital. Ya se han levantado nuevos muros de Berlín para evitar que la información acumulada en un lado pase al otro. Se le llama “autarquía digital”, porque los sistemas solo conversan con los de su propio bloque, no conversan con los del otro. De hecho, si viajamos a China, ninguna de nuestras apps funciona, y viceversa. Por eso Trump exige que TikTok, que es china, se venda a un americano.
Casi al mismo tiempo, China celebraba los ochenta años de la victoria contra Japón en la Segunda Guerra Mundial. Trump vio una repetición del desfile de la victoria y le fue inevitable comentar que fue impresionante. Pero ese no era el mensaje. China quería mostrar que su líder Xi Jinping tenía de invitados de honor a Vladimir Putin de Rusia y a Kin Jong-un de Corea del Norte. China quería mostrar que está fortaleciendo una alianza política y militar. Un día antes se había reunido la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Tianjin, China. Xi Jinping, en su discurso inaugural, asumió un liderazgo mundial al proponer una Iniciativa de Gobernanza Global (IGG) como un sistema más justo y equitativo para resolver la “encrucijada” en que se encuentra el mundo; y, como quien destaca los exabruptos de Trump, propuso que esa nueva gobernanza IGG se fundamente en el respeto al derecho internacional bajo los principios de las Naciones Unidas. Al terminar, juró defender el derecho a promover una perspectiva histórica correcta sobre la Segunda Guerra Mundial; porque, si la historia la escriben los vencedores, China está promoviendo reescribirla desde su perspectiva, porque la americana no es la correcta.
La OCS es la organización regional más grande del mundo; la integran China, Rusia, India, Pakistán, Irán y antiguas repúblicas soviéticas. Concentra el 40% de la población y el 25% del PBI mundial. Esta vez el sitio de honor fue para Narendra Modi, de la India, usualmente cercano a Occidente, pero que ha tenido que refugiarse en la OCS por el 50% de aranceles que Trump ha impuesto a la India. Es verdad que entre los integrantes sobreviven tensiones de frontera que China está controlando, creando las condiciones para desarrollar un bloque económico y político. Será un nuevo oriente para enfrentar al antiguo occidente. Y la OCS seguirá creciendo, porque están tocando puertas para entrar Arabia Saudita, Egipto, Camboya y Turquía.
Un Estados Unidos menguante y una China creciente son los líderes de unos bloques que disputan los conflictos modernos, agregando el digital a las tradicionales política y economía. Es un hecho. Por predecir está cómo se desarrollarán las alianzas y el conflicto. Nosotros, ubicados en la periferia, debemos ampliar mercados en las economías que van a crecer, evaluar los riesgos de pisar callos y no perder el tren de la IA.