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Crónica de una obstrucción anunciada

“- 23:00 h. Camerino del teatro. Dos funciones hechas. Lo de siempre: el equipo felicitando, comentando reacciones del público, unas cuantas fotografías con quienes han generado un acceso especial llamado Meet and Greet. Y el dolor en la tripa continúa”.

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Columna de Carlos Galdós.
Fecha actualización:
23/02/2026 - 07:00
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VIERNES 13 DE FEBRERO

- 19:30 h. Voy a casa de mi mamá a contarle que al día siguiente haré dos funciones de mi show por San Valentín, “Amor Sin Filtro”. Que está full, que me siento muy agradecido con el público, con mi trabajo, conmigo, con mi vida y con ella. Como siempre ocurre, me hace el pedido expreso de que no diga muchas lisuras en el escenario porque siempre hay alguna de sus amigas que va a verme y se siente avergonzada, y además que, por favor, deje de salir con ropa negra porque no es un velorio. Le cuento que en esta oportunidad estoy todo de blanco. Zapatillas, medias, calzoncillo, jean, cinturón, camisa, todo blanco. Tan blanco como cuando hervía mis calzoncillos con jabón Marsella. Mi mamá se ríe, me despido, me hace con su dedo índice un garabato en la frente que, según ella, es la señal de la cruz y me voy.

21:45 h. Llego a mi casa. Mis hijos están durmiendo. “Te esperaron para jugar UNO”, me dice mi esposa. “Estuve donde Elena”, le respondo. Minisilencio dramático y la pregunta que cae de madura: “¿Y qué tal?, ¿cómo te sientes?”.

—Bien.

Si hay alguien que conoce a la perfección cada uno de mis gestos es Mari, por eso, repregunta:

—¿En serio estás bien?

—Sí, todo bien.

—¿Ya estás listo para mañana?

—Sí.

—¿Me quieres contar cómo has pensado el show?

—No.

Y lo bueno de todo esto es que nadie se ofende. Ella ya sabe que a mí no me gusta contar ni adelantar nada de lo que diré en el escenario y mis monosilábicas respuestas no tienen que ver con ella, todo es conmigo. A mí no me molestan sus preguntas, a ella no le molestan mis monosílabos.

- 22:15 h. Estoy sentado en la mesita de la cocina con un jarrito y una infusión de manzanilla al frente. Mari ya está roncando en la habitación. Silencio total y absoluto en la casa, muchísimo ruido en mi alma y un pito en el oído que no me suelta desde que salí de casa de mi mamá.

SÁBADO 14 DE FEBRERO

- 00:30 h. Baja Mari a la cocina.

—¿Qué haces aquí sentado?

—Tomando una manzanilla, esperando que se enfríe.

—¡Pero la taza está llena!

—Ah, bueno, la voy a calentar, la tomo y voy al cuarto.

- 03:20 h. No puedo dormir. Me ha vuelto a visitar ese fantasma llamado insomnio, que habitó muchas noches de mi vida; hace seis años que no nos encontrábamos. Antes hubiera abierto una botella de vino acompañada por un Rivotril de 2 mg, un Dormonid y, quién sabe, un par de pitadas de esa planta que hoy todo el mundo usa en aceite. Ahora no. Ahora me observo. No me da miedo la ausencia de Morfeo. Como hace calor, he decidido salir al jardín.

- 05:30 h. Veo el amanecer recostado en el árbol que plantamos Mari y yo durante la pandemia, un cerezo japonés.

- 06:25 h. Baja mi hijo, que es quien siempre se despierta segundo (el primero soy yo, que salgo por lo general a pedalear por el malecón). Me ve en el jardín y me pregunta qué hago ahí.

—Nada, mi amor, vine a esperar a que me cague un pájaro.

—¡Ay, papáááá!

Se ríe y recuerda que hoy es mi show.

- 07:00 h. Mis hijos y todo el sistema operativo de la casa ya están activados. Estamos todos en la cocina. Yo les preparo el desayuno, como usualmente ocurre los fines de semana, y de ahí salgo un rato a pedalear. La bicicleteada esta vez fue en sentido contrario. Por lo general, es de San Isidro a Barranco; hoy está siendo de San Isidro al Callao.

- 11:45 h. Suena mi celular. Mi esposa me pregunta dónde diablos estoy y por qué no digo nada si me voy a demorar tanto. Yo no tengo ni idea de dónde me encuentro exactamente hasta que volteo y veo un cartel que dice: “Bienvenidos a La Punta”.

—Estoy en La Punta, mi amor. ¿Quieres que te lleve algo de acá?

—¡Carlos, van a ser las 12 y hoy tienes dos funciones! Me ha llamado todo el mundo (se refiere a mi equipo de trabajo) a preguntarme por qué no estás en la prueba de sonido.

—Diles que probamos a las 4, que voy a llegar al teatro.

Pido un taxi por aplicativo. Me aseguro de que sea una station wagon para que entre la bicicleta. El chofer me reconoce, me hace dos bromas y le causa mucha gracia que el regreso lo haga en taxi.

—¿O acaso estás haciendo la pendejada, Galdós, de salir de tu casa con tu bici y tu ropa de deporte y te vienes a ver con tu trampa?

Le hubiera festejado el comentario en otro momento. Hoy, no me siento tan gracioso y las pocas reservas de humor las necesito guardar para la función.

- 16:55 h. Acabamos de terminar el ensayo técnico. Todo está perfecto. Un poco de conversación con Manuel (ingeniero luminotécnico), otra charla con Manolito y un poco de risas con Patricia. Con ellos comencé hace más de veinte años. Ya no lo hacemos por trabajo, lo hacemos por el placer de encontrarnos. Es tácito. Ellos y yo sabemos que San Valentín, Día de la Madre y Fiestas Patrias nos vamos a encontrar. Las demás funciones y fechas del año, si coincidimos, nos juntamos, pero estas son sagradas. Estar con ellos es un viaje a mi historia y ellos sienten lo mismo. Luego están los nuevos del equipo que ya me tienen más que leído e interpretado: Lula, Bruno y Ken, que también es de los antiguos, pero llegó a placé. Ya van a abrir las puertas del teatro. Debemos comenzar seis en punto para terminar 7:45 máximo y nuevamente empezar a las 8:30 la segunda función.

- 17:50 h. Ya estoy a diez minutos de salir al escenario y Patricia, que me conoce al revés y al derecho —es tal vez el humano que más me conoce en la Tierra—, me pregunta:

—¿Estás bien, Charlicito?

—Sí, Paté, todo bien, aunque me duele un poquito el estómago desde ayer. Siento una punzada en el lado izquierdo, pero todo bien.

- 23:00 h. Camerino del teatro. Dos funciones hechas. Lo de siempre: el equipo felicitando, comentando reacciones del público, unas cuantas fotografías con quienes han generado un acceso especial llamado Meet and Greet. Y el dolor en la tripa continúa.

DOMINGO 15 DE FEBRERO

- 02:00 h. En la unidad de emergencia de la clínica, el médico cirujano me dice que necesito entrar a sala inmediatamente o mi intestino va a reventar.

“Seguro hay algo que no has digerido bien”…

¿Qué le puedo decir al doctor? ¿Que todavía no digiero la conversación del viernes por la noche con mi mamá, donde cuatro veces me dijo Luis Lorenzo en vez de Carlos Enrique, que es mi nombre; que un par de veces me preguntó quién era y, cuando todo volvió a la “normalidad”, me dijo que últimamente se estaba olvidando un poco de las cosas?

Seguro que sí, doctor. Debe haber algo que me está costando digerir.

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