Me toca publicar un 24 de diciembre, víspera de la conmemoración más grande e importante para millones: el nacimiento de Cristo.
Soy católico, aunque practico poco. Tal vez soy uno de esos católicos comodones a los que nos da flojera ir a misa o no estamos del todo convencidos del rito litúrgico ni de algunas decisiones y actos de la curia. Pero la prédica de Cristo y los valores cristianos siempre han estado en mi familia.
Cristo es el personaje más relevante que ha transitado por la humanidad y sus enseñanzas se mantienen vigentes luego de más de dos mil años. Que algunos trafiquen y hayan tomado su nombre para cometer atrocidades no anula ni disminuye el valor ni la vigencia de su ejemplo. Jamás entenderé cómo se venera a seres despreciables y, al mismo tiempo, se busca minimizar a Cristo, quien esparció un mensaje de amor, perdón, verdad, libertad y solidaridad.
Uno de los pilares esenciales sobre el que se yergue la cultura occidental es Cristo y sus enseñanzas, y no es exagerado afirmar que ellas fundan la antropología moral de Occidente. Cristo introduce la noción de la persona antes que el Estado, una moral universal que no depende de clases o razas, una separación entre lo espiritual y lo político, y el valor del débil y desvalido.
Cristo reconoce y afirma la dignidad de toda persona, nos iguala moralmente ante Dios (iguales ante la ley), exige conciencia de nuestra libertad y actos (responsabilidad), nos llama a amar al prójimo, a respetar lo ajeno y le pone límites al poder.
Si Cristo fue el Hijo de Dios o no, lo dejo al fuero interno de cada uno, pero lo que resulta indiscutible es la valía que tuvo, tiene y tendrá en la humanidad. Rescatar sus valores y enseñanzas solo puede conducirnos por un camino muchísimo mejor: el camino que dio forma a la cultura occidental y que hoy algunos buscan descarrilar.
¡Feliz Navidad!