Desde su punto de vista, el argumento era lo suficientemente convincente para conseguir el aumento. Al fin y al cabo, estaba diciendo la verdad. Lo miré incrédulo por un momento y le pregunté: “¿Cuál es el postre que más te gusta?”. “La torta de chocolate”, me respondió él, encogiendo los hombros. “Y si alguna vez te vas de pesca”, repregunté yo, “¿le pondrías al anzuelo un pedazo de torta de chocolate?”.