En el marco de la conmemoración por el Día de la Mujer vuelvo a reflexionar sobre cómo es la experiencia de vida de las mujeres en la ciudad. La desigualdad de género también se expresa en algo mucho más cotidiano: cómo nos movemos, qué tan seguras nos sentimos y si los espacios públicos están realmente pensados para nosotras.
Durante años hemos asumido que la ciudad es neutral. Pero los datos muestran lo contrario. En América Latina, seis de cada diez mujeres han sufrido acoso en el transporte público. Además, las mujeres realizan hasta tres veces más viajes relacionados con tareas de cuidado —como llevar niños al colegio, hacer compras para el hogar o acompañar a adultos mayores— que los hombres. Esto significa que sus trayectos suelen ser más complejos, con múltiples paradas y combinaciones de transporte.
En Lima y Callao la realidad no es muy distinta. Según datos de Lima Cómo Vamos, mientras el 80.1% de hombres se moviliza por razones laborales, en las mujeres esa cifra es menor (56.6%), pero ellas realizan muchos más viajes vinculados al cuidado del hogar: 82.7% frente a 62.2% de hombres. También usan más el transporte público y caminan más, pero al mismo tiempo perciben mayores niveles de inseguridad.
La seguridad urbana, por ejemplo, no se logra únicamente con cámaras o vigilancia. Las ciudades seguras tienen calles activas, espacios públicos utilizados durante todo el día, iluminación adecuada y recorridos claros. Cuando hay más vida en la calle, también hay más ojos que cuidan el espacio. Y esto es especialmente importante en el caso de las mujeres que viven con más miedo y se enfrentan a más riesgos que los hombres.
Algo similar ocurre con el transporte. Si sabemos que muchas personas, especialmente mujeres, realizan viajes multimodales, entonces el sistema de movilidad debería facilitar la combinación de distintos modos de transporte, ofrecer buenos trasbordos, integración tarifaria y paraderos seguros. Incluso, se puede ir más allá y conectar el transporte a infraestructura de cuidado.
El espacio público también debe pensarse desde la diversidad de usos. Parques, plazas y calles no solo deben permitir el tránsito rápido; también deben ser lugares donde esperar, descansar, encontrarse y cuidar. Bancas, sombra, visibilidad y accesibilidad son elementos simples que cambian radicalmente la experiencia urbana.
Finalmente, ninguna política urbana será efectiva si no se escucha e integra a las mujeres. Ellas suelen ser quienes más permanecen en el barrio y sostienen gran parte de la vida comunitaria. Este 8 de marzo pensemos de qué forma podemos incluir a las mujeres en los procesos de participación para así diseñar mejores ciudades.