Sin embargo, ahora, además de los crímenes usuales, nos estamos enfrentando a la ausencia de estrategia, a la carencia de planes efectivos, a la nula inteligencia y, peor aún, al desinterés de quienes deberían cuidarnos. Esto incrementa el crimen, potencia la delincuencia y la ley de la selva se vuelve moneda de cambio. Y es que, si el gobierno no actúa para desarticular bandas o para apresar a los choros y extorsionadores, entonces las víctimas se empiezan a organizar y a cobrar venganza.