La izquierda y los progresistas emprendieron una campaña durante la pandemia contra quienes temían o dudaban de la efectividad de la vacuna contra el COVID-19. Esta campaña se denominó “Sin ciencia no hay futuro” y buscó desmentir falsedades sobre la vacuna.
No obstante, su inspirador eslogan parece que fue solo un mantra utilizado para fingir conocimientos que no tenían sobre salud, debido a que actualmente se oponen a otras evidencias científicas que no solo podrían salvar vidas, sino que incluso pueden sacar a millones de personas de la pobreza y erradicar el hambre.
Hace unos días, congresistas de izquierda e intelectuales limeños lanzaron una campaña de presión contra el levantamiento de la moratoria de transgénicos. Estas semillas no solo son más resistentes a plagas y sequías, sino que podrían aumentar la producción alimentaria en un país donde más del 51% se encuentra en estado de inseguridad alimentaria. Además, está comprobado que los transgénicos son seguros para la salud humana.
No obstante, estos eruditos de escritorio ni siquiera quieren permitir que el propio agricultor decida qué semillas usar en su chacra, sino que utilizan su influencia política para que el Estado imponga sus dogmas. Es decir, no les importan las dificultades que tienen los agricultores en el norte con las sequías ni en el sur con las heladas; la prioridad de estos grupos es mantener su dieta ‘ecofriendly’ en Dasso y tuitear sobre los premios y reconocimientos que se hacen entre ellos. ¿Preguntarán a los dueños de esas lujosas cafeterías y restaurantes en los que desayunan y almuerzan cuánto pagan a los agricultores por sus papas, cebollas y tomates 100% naturales?
Los políticos no pueden dejarse presionar por estos grupos privilegiados desconectados de la realidad. Extender la moratoria de transgénicos es prolongar la miseria de agricultores y el hambre de un país pobre.