Con mi esposa, por fortuna, no tendría problemas. Por algo la amo, por algo estoy con ella. Me acepta como hombre, como hombre a medias, como hombre errático, que va y viene. También me acepta como mujer encubierta, agazapada, como mujer libidinosa, como mujer poseída por las fiebres maliciosas del deseo. Sabe que puedo ser un hombre o una mujer, según dicten las circunstancias cambiantes, volátiles, del deseo. Yo también la amo cuando se expresa como mujer y cuando se expresa como hombre. Puestos a ser mujeres, yo no me corto y soy capaz de superarla: ella es una mujer de su casa, pero yo soy una meretriz, una hetaira, llegando a extremos muy bajos, indecibles, deseando que me obturen todos los orificios. Puestos a ser hombres, ella me sobrepasa sin esfuerzo: es ruda, recia, valerosa, entradora, mientras yo soy un hombre bobo, melancólico, culposo, gatuno. Es una suerte muy grande tenerla como esposa. Me he sacado la lotería. Nunca fui tan feliz como estos años con ella, doce años ya. Le he preguntado si me aceptaría como mujer y me ha dicho sí, claro que sí, sería genial, sería súper divertido. Sé que cuento con ella. Eso me da ánimos, me llena de entusiasmo. Sé que mi esposa no me dejaría.