Leí las críticas frontales a la película Chavín de Huántar: el rescate del siglo (2025). Tanto unas como otras proceden de las trincheras opuestas de la batalla cultural en la que todos estamos inmersos.
La primera reclama que la película intenta reescribir la historia sin su verdadero protagonista. Ella demanda la omisión deliberada del hombre que hizo posible aquella hazaña. Dice que excluye a la persona que lideró el rescate, ordenó la operación, asumió el riesgo político y consolidó el éxito. En definitiva, agrega que no reconoce la entereza, el liderazgo, la conducción política y estratégica de Alberto Fujimori.
En mi opinión —humilde, por cierto— bastaba poner en el filme esos escasos segundos del video en el que Fujimori se dirige a los comandos diciendo: “No vamos a ceder frente al chantaje terrorista. Lo prometí y lo cumplí”.
La otra trinchera de la batalla reclama que el filme tiene la perspectiva de las Fuerzas Armadas, que es vocera de falsos relatos. Da por cierto que ocho de los catorce terroristas fueron ejecutados, ya rendidos con un remate en la nuca o que dos mujeres emerretistas pidieron piedad e igualmente fueron eliminadas. Este lado dice, entre muchas cosas, que se entorpeció las labores de garantes y organismos que apostaban por una solución pacífica y que la intervención fue diseñada desde Palacio de Gobierno con la orden de no dejar sobrevivientes.
Esta posición haría bien en abandonar el sesgo, abrazar los rigores de la prueba y de la historia, así como entender, al fin y al cabo, que 126 días de rehenes no entran en 90 minutos; que la película se empeñó en los loables propósitos de entretener, emocionar y conmover, —lo que logró con éxito— y que, finalmente, el público no es merecedor ni esclavo de lo que alguien pueda o no reflexionar sobre la verdad.
La película está diseñada para sentir una verdad contundente: que se salvó a 72 rehenes cautivos que volvieron a la libertad por una eficientísima operación militar y un exitoso rescate, que merecieron —ambos— la admiración del mundo y el orgullo de muchos peruanos. Eso es lo que hace sentir, vivencialmente, la película, tanto a los que lo volvimos a vivir como a los que lo vivieron recién, a través de ella.
Si hay críticos de la película, que sean protagonistas y no víctimas y hagan otra mejor. Mientras tanto, —como espectador libre y común—, recomiendo verla.