Otro amigo, Guillermo Cabieses, escribió un artículo en El Comercio argumentando que los subsidios al cine son “de terror”. Su argumento es impecable. Los recursos públicos son de los contribuyentes, ¿por qué asignarlos a financiar obras que concuerdan con sensibilidades o gustos de ciertos funcionarios? Yo, feliz de que mis impuestos aporten a El evangelio o Retablo, pero ¿puedo imponerlo a los demás?