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Amar no es desaparecer

"Todo lo que has leído son testimonios que acabo de recoger después de escuchar durante cuatro horas a personas que están a punto de desaparecer en nombre del amor..."

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Carlos Galdós.
"Cuidar no debería significar borrarse. Amar no debería implicar desaparecer..."
Fecha actualización:
09/06/2025 - 07:00
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“Mi mamá me llama veinte veces al día y ya no sabe quién soy. A veces, me grita. Me dice cosas horribles. Y yo me quedo callada. No por paciencia, por agotamiento”… Ana María, 49 años. Cuidadora de su madre con demencia.

“Mi papá se hace encima y me dice que lo perdone. Tiene los ojos rojos, llorosos, como un niño. Lo limpio, le cambio la ropa, le doy de comer. Y después voy al baño y lloro en silencio porque no puedo más”… Julio, 42 años. Cuidador de su padre con esclerosis.

“Lo hago porque los amo”. “Ellos me dieron todo”. “No me puedo quejar”… Susana, 33 años, la última de cinco hermanos.

“Hay una parte de mí que ya murió, y nadie lo sabe. Siento que también me estoy muriendo con mi mamá, y mis hermanos: bien gracias, con ellos no es la cosa”… Cecilia, 56 años. Cuidadora de su madre con cáncer.

“A veces, fantaseo con enfermarme. Así podría descansar sin culpa”… Rosa, 58 años.

“Mi mamá ya no camina, no habla, apenas me mira. Le cocino, la baño, le cambio los pañales. Nadie me pregunta cómo estoy. La familia solo aparece para criticar o decir que ‘yo la tengo controlada’. No saben que me despierto todos los días con ganas de no despertar”… Elena, 63 años.

“Estoy criando a mis hijos y cuidando a mi padre con demencia. Mi pareja me dejó, mi jefe me despidió. Siento que me estoy muriendo por dentro. Nadie me ve. Nadie me abraza. Todos dicen que soy fuerte, pero no saben cuánto duele estar sola”… Andrea, 39 años.

“Vendí mi carro, mi casa, liquidé todos mis ahorros para que mi papá pudiera tener un oxígeno domiciliario. Mis hermanos dijeron: ‘Es tu decisión’. Solo sostengo. Solo doy. Solo existo para mantener vivo a mi papá y siento que estoy desapareciendo”… Martín, 55 años.

“Tengo una lista de pastillas para mi mamá y otra para mí. Ella por su corazón, yo por la ansiedad. Desde que comenzó todo esto no duermo. A veces miro la ventana y pienso si tirarme sería más fácil que seguir. Pero no lo hago, porque, ¿quién la cuidaría?”… Cecilia, 47 años.

“Me he convertido en la madre de mi madre. Me grita, me culpa, me manipula. Tiene alzhéimer. Hay días en los que la odio. Y luego me siento un monstruo. Porque no hay descanso. Porque no hay nadie que me salve”… Verónica, 53 años.

“Cuando mi papá cayó enfermo, sentí que debía devolverle todo lo que me dio. Pero ya pasaron diez años. Diez años en los que dejé de tener pareja, trabajo, independencia”… Samuel, 45 años.

“Cuidé a mi papá con cáncer terminal durante seis años. Lo hice todo solo. Mi hermano se fue a vivir a otro país y no llamó ni para su cumpleaños. Yo me enfermé de la columna, bajé 12 kilos, dejé mi trabajo. Cuando mi papá murió yo ya no tenía una vida”… Jorge, 58 años.

“Cada vez que pienso en salir un fin de semana o tomarme un día libre, me siento una traidora. Como si al cuidar de mí, estuviera abandonando a mi madre. Y entonces no salgo. No descanso. No vivo. Me castigo por querer vivir”… Lourdes, 50 años.

“A veces me enojo con mi mamá. Con su enfermedad. Con la vida. Y después me siento la peor persona del mundo. ¿Cómo me voy a enojar con alguien que depende de mí? Entonces me callo, me trago todo, me castigo por sentir lo que siento”… Alejandra, 52 años.

“Ya no sé si estoy cuidando por amor o por miedo a sentir culpa si dejo de hacerlo”… Carlos, 60 años.

“Mi mamá me pidió antes de morir que nunca dejara solo a mi papá. Y lo prometí. Ahora, diez años después, me doy cuenta de que esa promesa no me deja vivir. Pero romperla me haría sentir un traidor”… Giancarlo, 58 años.

Todo lo que has leído son testimonios que acabo de recoger después de escuchar durante cuatro horas a personas que están a punto de desaparecer en nombre del amor. Han levantado su mano, han agitado su banderita pidiendo auxilio, han sacado el último palito largo que les queda para pedir ayuda, auxilio. Solo quieren ser escuchados, comprendidos, validados. Me he sentado frente a ellos para decirles que no está mal sentir, pero, por sobre todas las cosas, para acompañarlos en la reconquista de su amor propio; porque no es posible que, en nombre de la vida por los demás, ellos estén perdiendo la suya.

El cuidador sostiene familias enteras. La hija que cuida a su madre con alzhéimer. El esposo que acompaña a su mujer con párkinson. El nieto que a sus 30 años hace de enfermero, cocinero, psicólogo y sostén económico de su abuela.

Nadie habla de ellos. No existe reconocimiento alguno para ellos. No hay acompañamiento emocional para ellos. Sus cuerpos están contracturados. Sus corazones están llenos de miedos. Viven con la culpa presionando sus pechos, asfixiándolos.

Los cuidadores han renunciado absolutamente a todo en sus vidas: a su trabajo, a sus amigos, a sus deseos, a sus metas, a su salud. Y lo más grave de todo: han renunciado a estar bien.

De aquí en adelante no está bien estar bien.

Cuidar no debería significar borrarse. Amar no debería implicar desaparecer.

El cuidador necesita ser escuchado, sostenido, contenido. Pero, sobre todo, necesita permiso para existir más allá de su función.

Porque, si no, el amor se convierte en sacrificio. Y el sacrificio sostenido en incómodas cuotas diarias, sin espacios de autonomía, termina en enfermedad, en depresión, en resentimiento.

No está mal que sientas tristeza, no está mal que te sientas cansado, ambos son reales, no los minimices, no te compares con nadie.

Pide ayuda sin culpa, no eres más fuerte por hacerlo todo sola/o. Pedir ayuda no es fallar ni defraudar. Pedir ayuda es sostenerte.

Necesitas reconquistar tus espacios; tómate aunque sea 15 minutos al día única y exclusivamente para ti. No tienes que justificárselo a nadie.

Busca una red de apoyo, terapia, redes de contención emocional. Habla, no te quedes callado/a. Si no lo haces, te vas a enfermar.

Tú no eres solo un cuidador, no pierdas tu identidad: eres madre, eres padre, eres persona, eres amigo, eres amante. Recupera todo eso y más.

Reconéctate con el placer, bailar, ir al cine, comer algo rico. No estás traicionando a nadie, estás respirando.

El acto de amor más grande no es dar todo. Amar no es desaparecer. Cuidar a un padre, una madre en sus últimos días, en una enfermedad, es una despedida lenta. Cuidar es amar, pero a la vez es soltar. Necesitas darte cuenta de que lo último que te pediría quien te ama es que mueras por ellos. La compasión es algo que comienza en ti y a partir de ahí la puedes poner en los demás.

Te regalo esta pregunta: ¿qué es lo que necesitas hacer para cuidar con amor sin dejar de vivir tu vida?

Cuidadores del mundo: Los vemos. Los sentimos. Los necesitamos vivos, no inmolados, no mártires, no muertos en vida. Los necesitamos enteros, llenos de ustedes mismos.

Porque ustedes también merecen ser cuidados.

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