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Tránsito en Lima: el caos que todos aceptamos

"Lima está entre las ciudades más congestionadas de América Latina: un limeño puede perder hasta un mes de su vida al año atrapado en el tráfico. La informalidad manda en las calles"

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La disciplina ciudadana es clave: conductores que entiendan que un semáforo en rojo no es una sugerencia; pasajeros que rechacen subir en lugares indebidos; vecinos que exijan señalización, veredas y paraderos dignos.
Fecha actualización:
09/10/2025 - 06:03
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Cada mañana, Lima despierta atrapada en un mismo laberinto: avenidas convertidas en estacionamientos interminables, combis disputando pasajeros como presas y semáforos que pocos respetan. Los ciudadanos pierden horas valiosas entre bocinazos y humo, resignados a que la vida se consuma en el tráfico. El transporte urbano de la capital se ha convertido en un freno al desarrollo, una condena diaria que roba tiempo, salud y oportunidades a millones de personas.

El problema es evidente. Lima está entre las ciudades más congestionadas de América Latina: un limeño puede perder hasta un mes de su vida al año atrapado en el tráfico. La informalidad manda en las calles: vehículos sin permisos, choferes que paran en segunda y tercera fila para recoger pasajeros, paraderos improvisados y usuarios que, al subirse allí, avalan el desorden. El resultado es un tránsito lento, peligroso y plagado de accidentes fatales.

La solución no requiere grandes obras, sino orden y respeto básico. La infraestructura importa, pero de poco sirve si seguimos normalizando la anarquía vial. La disciplina ciudadana es clave: conductores que entiendan que un semáforo en rojo no es una sugerencia; pasajeros que rechacen subir en lugares indebidos; vecinos que exijan señalización, veredas y paraderos dignos. Preferir el orden, aunque tome más tiempo, es la única manera de avanzar hacia una ciudad habitable.

¿Por qué no se hace? Porque demasiados intereses se benefician del caos y porque como ciudadanos hemos aprendido a convivir con él. Cada vez que aceptamos subirnos a un vehículo inseguro, que cruzamos por donde no corresponde o que toleramos la invasión de la pista, reforzamos un sistema que nos condena al desorden. Lima no está condenada al caos, pero sí a repetirlo mientras elijamos callar y resignarnos en lugar de exigir y actuar.

Lo que hacemos y no deberíamos hacer es premiar la informalidad subiéndose donde no corresponde, aceptar la invasión de las pistas y justificar el desorden con la prisa. Lo que no hacemos y deberíamos hacer es respetar normas simples, preferir el orden aunque implique demoras y rechazar prácticas que ponen en riesgo a todos. Mientras no cambiemos esas decisiones diarias, el tránsito seguirá siendo un infierno sobre ruedas y una trampa mortal.

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