Hace un año, el humo blanco y el sonido de las campanas anunciaban que ya teníamos un papa. Nadie imaginaba que por el balcón pontificio saldría Robert Francis Prevost, un agustino nacido en Chicago pero con el alma forjada en las misiones del norte del Perú, y en especial de su querido Chiclayo.
Desde ese día asumía el nombre de León XIV y marcaba el inicio de un nuevo pontificado centrado en la justicia social, la lucha contra la pobreza, la recuperación de las tradiciones y la defensa de los migrantes.
Este políglota norteamericano ha forjado su corazón de pastor en nuestra patria, como señala su secretario Edgard Rimaycuna. Fue en nuestras tierras donde Prevost descubrió la realidad y las necesidades de los más humildes.
A sus 70 años, recuperó las tradiciones propias de su investidura, como ocupar los apartamentos papales y los días de descanso en la residencia de verano de Castel Gandolfo, buscando el punto medio entre lo humano y lo divino, recordando a los fieles que el papa es una persona normal que también practica deportes como el tenis y la natación.
En este primer año ha tenido que convivir no solo con temas internos de la Iglesia, construyendo puentes de unidad con los cardenales y obispos, sino también con líderes políticos como Donald Trump.
Su último encuentro con el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, demuestra la apertura al diálogo y la paz.
Jardines VATICANOS. 31 de enero 2026, los obispos del Perú con el papa León XIV en inauguración y bendición de la estatua de Santa Rosa y el mosaico de la Virgen María.
Hasta el momento ha realizado cinco viajes, el próximo será a España y Canarias donde espera dar un mensaje por los inmigrantes y refugiados.
Se espera que en los próximos días, la Santa Sede confirme el viaje a Latinoamérica para fines de este año, donde Perú sería el número uno en la lista.
Para el embajador del Perú ante el Vaticano, Jorge Ponce, Prevost es un “misionero de corazón”. “Cada vez que se le habla del Perú, su rostro se transforma”, afirma. Y es que fue en nuestro país que vivió 20 años y obtuvo la nacionalidad, esa que es la que parece darle la resiliencia necesaria para enfrentar los retos de la Iglesia.
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