—Estamos en la recuperación de cadáveres, un momento, por favor.
La frase dura apenas unos segundos, pero basta para entender desde dónde habla Daniel Herrera. Son las 9:34 de la mañana del jueves 2 de julio y la llamada lo encuentra en La Guaira, la ciudad venezolana más golpeada por los terremotos que han dejado más de 2900 muertos, más de 16,000 heridos y miles, miles de desaparecidos.
Equipos caninos provenientes de América, Estados Unidos y Europa participan en la búsqueda de sobrevivientes. Entre ellos se encuentra la perrita peruana Kayra. Dos animales han resultado heridos.
Por la tarde, logramos hablar. Esta vez responde desde el campamento. Él y Kayra, su compañera de cuatro patas, lucen agotados, pero permanecen listos para salir otra vez.
Desde el 27 de junio, cuando el Grupo de Búsqueda y Rescate Urbano (USAR Perú) llegó a Venezuela con 30 bomberos y una rescatista canina, dormir ha sido un privilegio escaso.
—Los edificios colapsados, las calles... Todo huele a muerto.
Daniel está por cumplir 39 años. Ha participado en distintas emergencias, pero admite que nunca había enfrentado un escenario semejante. Frente a él hay edificios convertidos en montañas de concreto y familias que aún esperan noticias de quienes quedaron atrapados bajo los escombros.
A su lado permanece Kayra, una pastor belga malinois entrenada para encontrar personas donde nadie más puede hacerlo.
Daniel cuenta a Perú21 que la eligió cuando era apenas un cachorro, con la esperanza de que algún día pudiera salvar vidas. Ese día llegó de la forma más brutal.
Durante la misión han participado en decenas de intervenciones. Una cambió el ánimo de todo el contingente. Kayra detectó la presencia de Belkys Josefina Barreto García, una mujer de 60 años que llevaba tres días atrapada bajo toneladas de concreto.
Daniel está por cumplir 39 años. Ha participado en distintas emergencias, pero admite que nunca había enfrentado un escenario semejante.
Gracias a la alerta de la perra, los rescatistas lograron ubicar el punto exacto donde permanecía con vida. Mientras muchos imaginan que es el guía quien dirige cada movimiento del perro, en realidad ocurre lo contrario.
Cuando llegan a una estructura colapsada, Kayra siempre entra primero. Daniel la acompaña solo durante los primeros metros y luego la deja trabajar. A partir de ese instante, toda la operación depende de ella.
—Ella es la primera que entra. Yo ingreso con ella con correa y después la suelto. Va escaneando el lugar. Es una perra de venteo, no de rastreo. Sigue el viento. Cuando detecta partículas de olor humano se dirige hacia donde la concentración es mayor y, cuando encuentra el punto, se queda ladrando hasta que yo llegue, la premie y avise a los rescatistas que la víctima está ahí.
Kayra en el campamento de La Guaira, Venezuela.
Así ocurrió con Belkys. Daniel ha aprendido a leer señales casi imperceptibles. Antes del primer ladrido ya sabe que algo cambió. Un movimiento distinto de la cabeza. Una respiración más acelerada. Una tensión en el cuerpo.
—Es mi vida entera.
Eso dice de Kayra.
Kayra recibe entrenamiento desde los tres meses. Hoy tiene 4 años.
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El comandante Gustavo Villavicencio, responsable del Programa de Búsqueda y Rescate con Canes del Cuerpo General de Bomberos, explica, aquí en Lima, que guía y perro forman una sola unidad de trabajo. Por eso se les conoce como un binomio.
El Programa de Búsqueda y Rescate con Canes del Cuerpo General de Bomberos tiene un campo de entrenamiento en Pachacamac.
—El guía interpreta cada cambio de conducta del perro. La respiración, la postura, la dirección de la mirada... todo comunica. Ese lenguaje silencioso no se aprende en unas semanas. Requiere años de entrenamiento, convivencia y operaciones compartidas.
Hasta hoy, dice Villavicencio, ninguna tecnología ha conseguido reemplazar el olfato de un perro entrenado ni la experiencia del guía capaz de interpretar cada una de sus señales.
Gustavo Villavicencio y su compañero de cuatro patas.
Daniel todavía recuerda el momento en que Belkys fue rescatada.
—Fue bastante emocionante, impactante. Uno piensa que, si quizá nos hubieran activado un poco antes, de repente no solo se habría podido salvar a una persona, sino quizá a más. Sabemos que cada día que pasa las probabilidades disminuyen.
El comandante Claudio Sáenz, jefe del contingente peruano desplegado en Venezuela, insiste en hacer una precisión que para ellos resulta fundamental.
—Cuando hablamos de rescate nos referimos a personas con vida. Nosotros hemos realizado un rescate y nueve recuperaciones. Las recuperaciones son otra cosa.
Son cuerpos. La diferencia puede parecer mínima para quien sigue la tragedia desde lejos, pero dentro de la zona de desastre cambia por completo el ánimo del equipo. Encontrar a alguien con vida justifica cada hora sin dormir, cada riesgo asumido, cada ingreso a una estructura inestable. Recuperar un cuerpo significa entregar una respuesta a una familia. Significa ver, tocar, velar, enterrar.
Bomberos peruanos en labores de rescate en La Guaira, Venezuela.
Es la certeza de un final.
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Mientras el mundo celebraba el rescate de Belkys, Daniel y Kayra seguían recorriendo edificios destruidos bajo un sol que supera los 30 grados y una sensación térmica cercana a los 34.
El primer día trabajaron desde las dos de la tarde, cuando llegaron, hasta las nueve de la mañana del día siguiente.
Después hubo pausas breves para hidratarse y reorganizar equipos, pero nunca dejaron de estar disponibles. Mientras existiera la posibilidad de encontrar sobrevivientes, el contingente debía permanecer listo.
Sáenz indica que varios bomberos presentan contracturas musculares y dolores de espalda después de jornadas interminables entre concreto, acero y polvo. Pero el impacto más fuerte es emocional.
Daniel cuenta a este diario que el equipo contó con dos psicólogos: "Este acompañamiento es importante. No es fácil. A veces aparecen pesadillas o simplemente necesitas conversar. No es que ocurra algo grave necesariamente, pero sí hace falta soltar la emoción del momento para poder estar tranquilos".
EQUIPADOS PARA SALVAR
Además del uniforme, Daniel carga herramientas de rescate, arnés y un camelback, una mochila de hidratación con capacidad para tres litros de agua. De esa reserva bebe él y también Kayra.
Mantenerla hidratada es fundamental para que conserve intacta la capacidad olfativa de la que depende cada búsqueda.
Kayra tampoco trabaja desprotegida. Lleva casco, botines para evitar cortes con vidrio y acero, arnés táctico y otros implementos diseñados para operar sobre estructuras colapsadas. Solo el casco cuesta alrededor de 4.500 dólares y equiparla por completo demanda cerca de 6.000.
Villavicencio revela un dato poco conocido.
—Nosotros mismos hacemos el esfuerzo de comprar todo eso. Los perros pertenecen a sus guías. Ellos asumen buena parte del costo de la alimentación, la atención veterinaria, el entrenamiento y el equipamiento especializado.
Nadie recibe un perro listo para rescatar vidas. La formación comienza cuando aún son cachorros. Primero aprenden obediencia y socialización. Luego buscan personas escondidas detrás de una pared. Más adelante trabajan entre escombros. Finalmente enfrentan humo, sirenas, maquinaria pesada, estructuras inestables y el caos propio de una emergencia.
Kayra empezó a entrenar a los tres meses. Cada hallazgo en medio de una emergencia termina igual. Reciben una recompensa.Una pelota. Un mordedor. Unos minutos de juego con su guía.
Tras salvar a Belkys, Daniel le entregó su mordedor.
Daniel, quien además es terapista de personas neurodivergentes, no intenta parecer valiente. Reconoce que ha sentido miedo. Sabe que cada ingreso a un edificio colapsado puede convertirse también en una trampa para quienes intentan rescatar.
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Claudio Sáenz —el más experimentado, el que ayudó a salvar vidas en medio del incendio de Mesa Redonda— ha llegado a Lima el viernes en la noche con todo su equipo. El gobierno de Venezuela los condecoró. Los aplaudieron, y les tomaron foto.
Claudio y sus compañeros piensan en La Guaira, en los cuerpos que aún no están con los familiares, en los desaparecidos. Claudio no cierra la puerta a la esperanza.
A pesar de la calma, de estar hoy en casa, él se resiste a cerrar la puerta a la esperanza.
—Uno nunca sabe. Los milagros pueden ocurrir.
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