En la fachada de la inhabitable vivienda ha colocado una gigantografía con la imagen de sus seres queridos y, debajo de esta, tres floreros hechos con botellas de plástico, que riega con el agua que carga. Les habla, les reza... La pandemia le impide ir al cementerio y hacer misas de mes. Después de su ritual, entra a la casa y pasa horas recordando cómo era su vida antes de aquella mañana del 23 de enero. “Cuando vengo, revivo los recuerdos, pero también me siento sola, triste... Yo no tengo heridas en el cuerpo, pero sí en el alma, en el corazón”, cuenta a Perú21. También recuerda a su nieto.