Este sábado, Lima volvió a hablar, y no lo hizo con bocinazos ni desde la ventana de un auto, sino con vecinos en la calle. Una marcha y un plantón convocaron a colectivos y movimientos urbanos distintos pero unidos por una misma preocupación: el rechazo a viaductos antitécnicos y a obras viales mal diseñadas que se siguen imponiendo sobre la ciudad, como si el único objetivo fuera mover autos y no mejorar vidas.
La protesta no surge de la nada. Los datos de la última encuesta de Lima Cómo Vamos confirman una ciudadanía cansada, que vive con miedo y que sufre sus trayectos cotidianos. La mayoría de limeños y chalacos considera que la inseguridad ciudadana es el principal problema de la ciudad e identifica al transporte público como el segundo. Al mismo tiempo, las personas reconocen que, para mejorar su calidad de vida, necesitan más áreas verdes, más y mejores buses y también mejores pistas. Pero hay una condición clara: las obras viales deben estar bien hechas.
La encuesta también muestra una brecha preocupante entre lo que se invierte y lo que realmente se necesita. Mientras se priorizan grandes infraestructuras de cemento (viaductos, vías expresas que no son expresas, pasos a desnivel, ampliaciones de pistas) persisten déficits básicos como veredas en mal estado, cruces peligrosos, falta de infraestructura segura alrededor de colegios y barrios que siguen partidos por vías rápidas.
No es casualidad que peatones y ciclistas concentren una alta proporción de las víctimas de siniestros viales: el diseño urbano y la gestión vial importan, y mucho. La Municipalidad de Lima canceló las celebraciones por el aniversario de la capital luego de la muerte por atropello de personal de limpieza (con quienes ni siquiera tenía oficializado su vínculo laboral) en la Panamericana Sur. La disminución del servicio en esta vía es consecuencia directa de la ausencia de una concesión vial, que antes se encargaba no solo de recoger basura y animales muertos, sino también de brindar auxilio vial y atención de emergencias de forma rápida. De manera similar, otro atropello terminó con la vida de una ciudadana en la Vía Expresa Sur pese a que se había advertido reiteradamente sobre su mal diseño y pésimo estado. Sin duda, estas muertes son responsabilidad de la actual gestión municipal.
Por eso, en la protesta de este último sábado en la avenida Javier Prado (en la que participaron vecinos de distintos distritos, colectivos ambientales, organizaciones barriales y activistas urbanos) se coincidió en algo fundamental: no se trata de estar en contra de toda obra, sino de exigir obras bien pensadas, con criterios técnicos, participación ciudadana y una visión integral de ciudad. Una ciudad que priorice la vida, la seguridad y el espacio público antes que la velocidad de los autos.
Los datos están sobre la mesa. La gente también. Seguir insistiendo en soluciones del siglo pasado para problemas del presente no solo es ineficiente, es irresponsable. Lima necesita menos improvisación y más planificación. Escuchar a la ciudadanía es una obligación.