Quizás contagiados por el éxito de Chavín de Huántar (2025), la película Cantuta: la orden secreta (2026) ha buscado contar la historia del ‘escuadrón pollada’, el comando de la muerte que posteriormente sería conocido como el Grupo Colina. He ahí su primer error narrativo.
No porque no se pueda “humanizar el mal” en la ficción, lo que sería una excusa moralista ajena a la historia del cine contemporáneo. El problema con la apuesta de Cantuta es la chatura de sus personajes, bocetos de dos dimensiones que terminan monologando proclamas patriotas. No hay la mínima profundidad como para que quepa ahí una familia, un propósito y tal vez hasta la sombra de una duda, como fue el caso del rol de Juan Valer en Chavín de Huántar.
Formalmente hablando, la cinta es pésima, al nivel del cine peruano promedio, ya sea este de izquierda o derecha. Y en esa línea ideológica, forzar una épica sobre un comando de aniquilamiento es un error. Si la película quiere sensibilizar sobre el terrorismo, precisamente hay que girar la cámara y mostrar los delitos sangrientos, no contarlos. Y menos en boca de ‘Kerosene’, quien pudo ser un personaje complejo lleno de luces y sombras, pero termina siendo un editorialista de diario chicha de los 90. Extrañamente, el filme no enfoca al grupo maoísta más sanguinario de la región, lo que irónicamente termina minimizando a Sendero. En su lugar, elige edificar ídolos con pies de barro.
La distancia que separa a Cantuta de la soberbia El corazón del lobo (2025) es enorme en forma y fondo. Mientras Cantuta explica demasiado y repite panfletos en roles intercambiables, la película de Lombardi muestra, sugiere y revela. Y, además, tiene el extraño mérito de reflejar a los senderistas en toda su mundanidad, vesania y ambición.