Cerrando el mes de agosto, la mayoría lamentará que el próximo feriado, Santa Rosa de Lima, cae un sábado. Aunque en secreto, muchos empresarios, padres de familia y emprendedores respirarán aliviados, pues entre julio y agosto tuvimos una racha de tres semanas entrecortadas por jornadas no laborables. En Arequipa, el hueveo se extendió una semana más por la fiesta (¿nacional?) por el día de la ciudad.
Con las últimas decisiones del Congreso, el Perú suma ya 16 feriados nacionales al año, una cifra que nos coloca entre los países más festivos de la región. Solo Argentina y Colombia nos superan en Latinoamérica, que, dicho sea de paso, es una de las zonas del mundo donde más se descansa. En otras palabras, en el ranking de los flojos, descansamos tranquilos.
El problema no son las pausas en sí, sino lo que significan en un país de baja productividad. Cada día marcado de rojo en el calendario es un golpe al engranaje económico: las empresas exportadoras pierden valiosos días, las mypes se ven obligadas a parar; incluso los informales, la mayoría en este país, ven interrumpidos sus ingresos. Esto sin considerar la cantidad de festividades regionales y la cantidad de “feriados no laborables” para el sector público, como si la burocracia del Gobierno estuviera funcionando como reloj suizo.
El impacto no solo es económico. Cada día libre es uno en que los niños no van al colegio. Si sumamos huelgas y paros, nuestros estudiantes pierden semanas enteras de clases al año. En un país que arrastra graves brechas de aprendizaje, esta sobredosis de descanso es un lujo que no podemos darnos. Además, como lo demostró la pandemia, demasiadas familias peruanas viven al día a día. Cada feriado es un imposible dilema entre trabajar y no dejar solos a los hijos.
Los defensores de este calendario dicen que el turismo se beneficia, que las familias viajan, que la economía se “dinamiza”. Pero eso es apenas una cara de la moneda. Lo que gana un hotel en Cusco lo pierde una fábrica en Ate; lo que disfruta una familia de clase media viajando, lo paga un padre de familia que trabaja al día y no tiene ingresos en esas fechas.
En el fondo, nuestro calendario con sus 16 feriados refleja nuestra actualidad nacional: medidas populistas para evitar decisiones difíciles, corto plazo sobre el largo plazo, detenernos antes que avanzar, interrumpir en lugar de construir. En fin, un país que descansa demasiado y progresa poco.