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Lodo político

"Considerando la inteligencia y recursos del candidato, y la maquinaria de ‘comunicadores’ que ha armado para apoyarlo, todo indica más bien que estamos frente a una estrategia de la posverdad".

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alfredo torres
(Ideogram/Perú21)
Fecha actualización:
26/04/2026 - 07:10
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Hace 10 años, el Diccionario de Oxford eligió posverdad como la “Palabra del Año”. Era el concepto perfecto para explicar la campaña a favor del brexit en el Reino Unido, donde las narrativas emocionales acababan de triunfar por encima de los datos. En mi libro Elecciones y decepciones (editorial Planeta, 2020) expliqué que la posverdad consiste en “la distorsión deliberada de la realidad para construir información falsa —fake news— apelando a las emociones para alarmar y polarizar”. Expliqué también que el auge de las redes sociales y sus algoritmos, que nos llevan a vivir en “burbujas”, ha sido el combustible de la posverdad.

Finalmente, la posverdad llegó al Perú. En las últimas elecciones, por ejemplo, expusimos tanto en la encuesta boca de urna (BU) que hicimos para Perú21 y Latina como en el conteo rápido (CR) que hicimos para la Asociación Transparencia que, considerando nuestros márgenes de error, había una ganadora (Keiko Fujimori con 16.6% en la BU, 17.1% en el CR) y un empate técnico en el segundo lugar entre Roberto Sánchez (12.1% en la BU, 12.4% en el CR), Rafael López Aliaga (11% en la BU, 11.3% en el CR) y Jorge Nieto (10.7% en la BU y el CR), proyecciones que se vienen confirmando a la fecha con décimas de diferencia. Ipsos tiene una larga historia de precisión en conteos rápidos. En más de 30 años, los resultados de los conteos rápidos de elecciones presidenciales de Ipsos Perú (antes Apoyo Opinión y Mercado) siempre han estado a menos de un punto porcentual del resultado final. Y, sin embargo, fuimos vilmente injuriados en un canal de televisión y en las redes sociales.

Es verdad que parte de los ataques tenían como argumento el resultado que presentó otra encuestadora, la que sostuvo que, según su CR, Sánchez estaba en quinto lugar con 9.4% y, por lo tanto, según su margen de error, no tenía opción de pasar a la segunda vuelta. Ahora sabemos que cometió un error, ya que —según el avance de resultados oficiales— Sánchez tendría alrededor de 12% y podría pasar a la segunda vuelta.

También es cierto que las dudas sobre el trabajo de Ipsos podrían haberse alimentado de la ilusión. Los primeros resultados que difundió la ONPE en su página web correspondían a las actas que se habían procesado primero, la mayoría de Lima. Muchos tenían la esperanza de que esa tendencia se mantuviese hasta el final. Esta ilusión ya se ha probado descaminada en elecciones anteriores, pero muchos ciudadanos se aferraron a ella.

Errar es humano e ilusionarse también. Lo que es inaceptable es la difamación y la calumnia. No cabe duda de que la ONPE incurrió en errores gravísimos, que son justificadamente materia de investigación, pero eso no da patente de corso para saquear honras y reputaciones, como los que llevaron a un candidato a sostener, en una entrevista el 13 de abril, que “Ipsos es parte de la mafia del Foro de São Paulo, del Grupo de Puebla…”, o para acusar exaltado, en un mitin el 19 de abril, que “la gente de Ipsos Apoyo y la gente de Perú21 son parte de un grupo criminal”, o para sostener tranquilamente, en otra entrevista el 23 de abril, que “la gente de Ipsos Apoyo son los socios de la corrupción en el Perú”.

¿Las ofensas del candidato fueron solo producto del estrés, como dijo su abogado ante acusaciones similares? ¿Son fruto de desequilibrios emocionales, como aseveraron algunos de sus votantes arrepentidos luego de escucharlo atacar de manera soez y violenta al presidente del Jurado Nacional de Elecciones? Considerando la inteligencia y recursos del candidato, y la maquinaria de “comunicadores” que ha armado para apoyarlo, todo indica más bien que estamos frente a una estrategia de la posverdad.

Moisés Naím, uno de los intelectuales que más ha estudiado el tema, desarrolla en La Revancha de los poderosos (editorial Debate, 2022) su teoría sobre “las 3 P de nuestro tiempo: Populismo, Polarización y Posverdad, como estrategias para obtener y retener el poder. Y explica que, mientras que el mentiroso tradicional intenta que creas una falsedad específica, el usuario de la posverdad tiene un objetivo mucho más destructivo. Su meta es enturbiar tanto el debate público que resulte imposible distinguir entre lo que es verdad y lo que es mentira. Buscan crear un estado de confusión constante en el que se niegue la existencia misma de una “realidad objetiva e independiente” que pueda ser verificada.

Una estrategia basada en la posverdad puede ser usada por líderes de izquierda o de derecha, pero el manual es el mismo: alimenta emociones como la ira; ataca sistemáticamente a la prensa, a las encuestas y a los expertos; si se le prueba una mentira, presenta sus propios “datos” sin ningún rigor metodológico; polariza entre “nosotros” (los buenos, los puros) y “ellos” (los malos, los grupos criminales) y, sobre todo, despliega una amplia gama de mensajes falsos que lucen verosímiles a través de medios afines y redes sociales cuidadosamente segmentados para sumar seguidores a su causa. No seamos incautos. No repitamos injurias ni nos dejemos embaucar por políticos decididos a polarizar y mentir sistemáticamente para llegar al poder.

 

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