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Hasta las pesadillas requieren principio de realidad 

“Nos guste o no lo que ocurre, racionalmente debemos imponernos a confrontar la situación real y no la que nos despierta temores muy bien fundados, tanto como inútiles”.

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Fecha actualización:
25/04/2026 - 12:25
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Otra vez estamos al borde de confirmar la peor pesadilla para casi todos, salvo quizá para Keiko Fujimori, que esta vez podría ganar en segunda vuelta si termina enfrentándose a Roberto Sánchez en combo con Antauro Humala y Pedro Castillo. La política es el arte de lo posible, y por ello lo primero es aplicar el principio de realidad. Nos guste o no lo que ocurre, racionalmente debemos imponernos a confrontar la situación real y no la que nos despierta temores muy bien fundados, tanto como inútiles.  

Mientras López Aliaga denuncia fraude sin pruebas suficientes, y las redes sociales hierven de teorías conspirativas que incluyen difamaciones inaceptables, Sánchez ya suma todo eso como evidencia de que Lima desprecia el voto regional. Solo tuvo 10% de votos emitidos y Keiko algunos puntos más, pero en una segunda vuelta todo vale. Apalancarse en el resentimiento regiones versus Lima, pobres versus ricos, etcétera, funciona, nos guste o no. Y la lección más clara de estos cinco años desperdiciados es que el voto identitario existe, hasta el punto de que alguien tan torpe como Castillo sigue teniendo capital político.  

Probar un fraude, hasta donde me han podido explicar abogados amigos, requiere dolo, mala intención. Hay pruebas en demasía del despelote, tantas que es posible hacerse la pregunta de si no fue intencional —que puede ser el deseo de realidad para espantar el temor—, pero planificar y organizar un despelote no es tan fácil. Un despelote que implique camiones esperando material electoral, ánforas transportadas en taxis, sistemas que no funcionan, etcétera, dejaría mucha huella. No se puede organizar un despelote tan bien hecho sin alfiles y peones que lo pongan en escena. Habría que coordinar operadores, asegurar silencios, multiplicar omisiones y lograr que el despelote ocurra en cadena sin que nadie lo advierta a tiempo ni pase el yara a tiempo. En un operativo de manipulación de esa magnitud, alguna costura tendría que verse. 

Comunicacionalmente, la idea de que Lima quiere ningunear el voto provinciano y rural tiene potencial no menor. Toca una herida real. El voto rural fue decisivo en su remontada y el propio conteo de la ONPE mostró tempranamente su fortaleza en regiones como Puno, Ayacucho, Huancavelica, Cajamarca y Amazonas. Sobre esa realidad se monta una narrativa de agravio que conecta con la elección pasada, con la falta de respuestas convincentes sobre las muertes en las protestas y con resentimientos históricos que el Estado ha dejado fermentar por décadas. Cuando el Estado no cierra brechas, otros llenan ese vacío con relatos.  

Si las mesas impugnadas llegan a voltear o no la ventaja que Sánchez tiene es algo que analistas de datos, después de haber hecho el homework, descartan. En un mundo donde el tiempo apremia para poder llegar a segunda vuelta con un país encaminado (en dirección diferente al abismo) los actores políticos tendrían que estar pensando en cómo enfrentar el escenario crítico que tantos tememos: el reto de los dos cucos.   

Keiko Fujimori sacaría un doctorado en perder elecciones si no logra superar al triplete Sánchez+Antauro+Castillo. Es un escenario que debería querer evitar a toda costa. En cambio, si gana, ahora que ya no tiene la amenaza judicial del caso Cocteles, tendría la posibilidad de ganar capital político. Debería plantearse opciones como proponerle a Jorge Nieto ser primer ministro y acordar ciertas medidas que reduzcan su antivoto. Si llegara a perder, aun teniendo bancadas relevantes en ambas cámaras, perdería liderazgo y la pregunta de quién es el sucesor se caería de madura. Un Perú sin fujimorismo no es un escenario real por ahora, aunque tampoco parecía que fuera posible sin algunos de los partidos que no pasaron la valla.  

López Aliaga, por difícil que le resulte aceptar un escenario como el de no pasar a segunda vuelta, debería pensar en que su rol como senador es irrenunciable y que en ambas cámaras no se logra nada si no hay consensos. No es el escenario que quiere, pero es posible que sea el que le toca por los próximos cinco años. Uno es rehén de lo que dice y dueño de lo que calla.

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