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La película de nuestras vidas

"Nosotros somos un país de novela. De tiempo en tiempo se hacen listas de maestros de escuelas rurales, enfermeras y sanitarios de hospitales, policías honestos, que los hay…”.

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luna victoria
Fecha actualización:
08/02/2026 - 07:05
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Anne Hathaway puede ganar su segundo Oscar. El primero lo ganó por ser Fantine en Los miserables, pobre y abandonada, madre de Cosette, emocionando a todos al cantar “I dreamed a dream”. Pero no será por El diablo viste a la moda 2. En realidad, tampoco será por ella, porque esta vez no es la actriz, sino el personaje. Jessie Buckley interpreta a otra Anne Hathaway en Hamnet, una película que adapta la novela de Maggie O’Farrell (2020). Hamnet es el hijo de Hathaway y Shakespeare, que muere de peste a los once años. Poco después, Shakespeare escribirá Hamlet, una de sus obras maestras. En la novela, Hamlet nace del dolor por la muerte de Hamnet, pero no hay evidencia histórica de que esa hubiese sido la inspiración. Lo más probable es que Shakespeare hubiese adaptado obras anteriores en las que un rey es asesinado y su hijo busca venganza (Kate Flaherty & Amy Walters). Pero la novela no pretende ser biográfica; de hecho, no es sobre Shakespeare, que aparece sin que se le llame por su nombre, a propósito, para forzarlo a un anonimato. La novela trata, más bien, de cómo desde un dolor tan profundo como la muerte de un hijo se puede crear arte (Renato Cisneros). Pero no es el dolor de todos, sino el de Hathaway el que está en el centro de la escena. Por eso, la novela es subversiva, porque ignora al personaje principal de la historia (Shakespeare) y reivindica a los secundarios (Hathaway y Hamnet) que nadie recordaba.

Hamlet se estrenó en 1600 en The Globe, el teatro de la compañía de Shakespeare. Funcionó hasta que los puritanos cerraron todos los teatros de Londres en 1642, porque eran frívolos y obscenos. Desapareció. Hace poco se encontraron algunos cimientos bajo Anchor Terrace, un edificio intangible, y no se pudo explorar más. El teatro que hoy forma parte del circuito turístico de Londres es una reconstrucción en otro lugar, bastante fiel según los entendidos. Sin embargo, el ambiente hace cuatro siglos era muy distinto. Por entonces, The Globe quedaba a las afueras, entre pantanos malolientes por las crecidas del Támesis que, además, era la cloaca máxima de la ciudad. En el teatro entraban unas tres mil personas, la mayoría de ellas paradas delante del escenario; las obras se hacían de día para aprovechar la luz, por eso, el teatro no tenía techo y las palomas bombardeaban a su gusto a la platea; tampoco había baño, así que lo hacían allí nomás, por lo que el olor de los orines era parte de la obra. Pero todo Londres era parecido, insalubre. Todavía no había ocurrido el gran incendio de 1666 que permitiría reconstruirla en la metrópoli que es ahora. Pero lo importante de la locación era otra cosa: el público era muy activo, no esperaba el fin para aplaudir; interrumpía, abucheaba o celebraba. Actores y público interactuaban. Por eso en la película, cuando se escenifica Hamlet, Shakespeare, que actúa del fantasma del rey, recita “recuérdame” que era una frase para Hamlet, para animar su venganza. Sin embargo, hace un giro para decírsela a Hathaway, que estaba en la primera fila de la platea. Entre ellos, el fantasma era de Hamnet y el “recuérdame” inicia el alivio del luto.

Nosotros somos un país de novela. De tiempo en tiempo se hacen listas de maestros de escuelas rurales, enfermeras y sanitarios de hospitales, policías honestos, que los hay, empresarios pequeños del ingenio, defensores de parques nacionales, todos sobrevivientes de desigualdades y de desgracias. Nuestras ciudades son un caos, sin escuelas ni hospitales de nivel, sin transporte público eficiente, sin planificación de desarrollo urbano, sin espacios públicos, y muchas sin servicios básicos (agua, alcantarillado, energía, Internet). Son los peruanos olvidados en un teatro de adversidades. Hamnet propone que ellos son los verdaderos personajes, capaces de convertir el dolor en obras maestras, peruanos anónimos cuya resiliencia hace que el Perú todavía sea un país posible. Epílogo: La crítica advierte que después de leer a Hamnet será imposible volver a leer o ver una obra de Shakespeare como lo habíamos hecho hasta ahora (Leticia Blanco, El País). Si recuperamos a nuestros personajes secundarios, quizá también nosotros podamos entender la política de otro modo, verla con nuevos ojos de esperanza.
 

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