“Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro del mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan solo 20 segundos”. Liliana Saénz se refería a la tragedia de Adamuz, un choque de trenes en la red de alta velocidad, orgullo de España, la segunda mayor del mundo después de la de China. Ahora se sabe que se desprendió un riel, soldado para unir un tramo viejo de la vía con uno nuevo. Esto provocó que los últimos vagones de un tren se descarrilaran e invadieran la vía paralela por la que, casi al mismo tiempo, pasaba otro en sentido contrario, chocando con ellos a 220 km por hora. Los 20 segundos que Liliana pedía eran el tiempo para frenar. Murieron en el acto 45, una más a los pocos días. Esta semana se celebró una misa por las víctimas en Huelva, de donde eran la mayoría. Liliana, hija de Natividad de la Torre, una de las fallecidas, hizo el rezo final, una obra maestra del sentimiento y de la política.
La infraestructura de alta velocidad se construyó para ser aprovechada por Renfe, una empresa pública, en un monopolio que terminó en 2020, para permitir la competencia. Ingresaron más empresas y sobrecargaron el uso de las vías. Sin embargo, no se ajustaron los protocolos para mantenerlas ni repararlas. Tres agravantes previos a la tragedia: no se hizo caso a los reportes sobre el mal estado de algunas partes que hacían vibrar a los trenes; se recortaron inversiones para la reparación de las vías, incluido el tramo en el que ocurrió el accidente; y el anterior ministro de Transporte está preso por indicios de corrupción. Hay, cuando menos, responsabilidad política en el Gobierno. Por eso los familiares no aceptaron el funeral de Estado, por venir de quien venía y porque sería laico, cuando la mayoría de las víctimas eran andaluzas, católicas por fe y por tradición, alimentada por sus choques históricos con el Islam y el judaísmo. Así lo explicó Liliana: “Huelva es una tierra mariana (devota de la Virgen) y Andalucía es un pueblo creyente, y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo”. No fueron al homenaje ni el presidente ni el ministro por miedo a ser abucheados. En su lugar enviaron a otros. Liliana no calló nada, pero lo dijo con prudencia: “Es el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y en el vino”. Pero estuvieron los reyes, aplaudidos al entrar. Luego vendrían los agradecimientos: “… a los que nos acompañasteis por amor, por compasión, por empatía, gracias incluso a los que lo hacéis por agenda”. Pero hubo otros que sí se la fajaron y a ellos fueron las gracias más sentidas: “Querida Pilar (Milans del Bosch, de la Guardia Civil encargada de identificar los cadáveres), queridos alcaldes, habéis demostrado que hay que ser grandes personas para poder ser grandes como servidores públicos”.
Lo esencial venía a continuación: “… somos las 45 familias que hemos aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y que el beso que no damos es el que más recordamos; somos las 45 familias que nos abrazamos en aquel centro cívico, donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender, en el lento avance de las horas, que volveríamos sin ellos. Pero también somos las 45 familias que lucharemos para que se sepa la verdad, porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará. Lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad”. Es lo que ocurre cuando el dolor no envenena con rabia, sino que sana con sabiduría. Es lo que ocurre cuando una sociedad llora a sus muertos. En cambio, por aquí, se nos mueren más de 6 personas por día, no en accidentes, sino asesinados por la extorsión, el sicariato y demás variables de una economía criminal. Esos muertos debieran ser nuestros muertos, tener rostro y nombres, rebelarnos para que no muera uno más, pero son solo una cifra que parece no importar. Nos hemos convertido en una sociedad insensible, incapaz de sentir dolor y empatía. Somos una sociedad enferma de indiferencia y, cuando eso pasa, todo lo demás puede pasar.