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¡Hola, 2026!

"No queremos sufrir, pero olvidamos que los errores sirven para encontrar los aciertos, que cada golpe fortalece nuestro carácter y que el dolor es el precio del crecimiento”.

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luna victoria
(Midjourney / Perú21)
Fecha actualización:
04/01/2026 - 07:05
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¿Qué hacía usted mientras daban las doce? ¿Qué deseaba mientras devoraba las uvas? ¿Hora loca con cotillón? ¿Calzón amarillo? ¿Vuelta a la manzana con maleta? Cada Año Nuevo renovamos esa fe de las culturas antiguas de que todo vuelve a empezar. Primero, aprendimos que después de cada noche siempre hay un amanecer; luego, que después de cada invierno siempre llega una primavera. Pero ¿cómo comenzó el comienzo? Para eso, inventamos los mitos; imaginamos que los dioses estuvieron desde antes del inicio y que ellos hicieron el comienzo. Desde entonces, en cada Año Nuevo renovamos el acto sagrado de la creación. No hemos cambiado mucho desde que los primeros humanos se reunieron alrededor de una fogata; la música, la danza y la comida son distintas, pero la liturgia es la misma: celebramos el mito del eterno retorno (Mircea Eliade).

Si todo vuelve a empezar, hay otra oportunidad para que el mundo sea mejor. Mientras las épocas fueron sagradas, valían los mandamientos. Pero los dioses pasaron de moda, el mundo se volvió profano y los mandamientos fueron sustituidos por promesas que son más frágiles, se incumplen y quedan como buenas intenciones. No es novedad, pasa cada año. Sin embargo, esta vez, aunque no lo hubiese pensado exactamente a las doce, algunas promesas colectivas se le habrán colado entre las esperanzas personales. La economía, la política y la sociedad, tal como las conocemos, están en peligro. En economía, parte importante de la renta fiscal está capturada por bandas criminales; han paralizado inversiones y están incrementando potencia de fuego. En política, ensayaremos otro modelo de gobierno en el que el poder ha pasado del Ejecutivo al Congreso, ahora con un Senado, que no sabemos cómo funcionará. En sociedad, seguimos siendo incapaces de dar servicios públicos eficientes en salud, educación y seguridad; para la mayor parte de la gente somos responsables de esa carencia, porque tuvimos dinero y lo despilfarramos en corrupción o ineficiencia. El nuevo gobierno no resolverá mucho, porque la oferta electoral está desperdiciada en 35 grupos, sin que ninguno proponga un programa nacional que arrastre multitudes, y así no habrá mejoras. Mientras tanto, el mundo acelera con la inteligencia artificial, multiplicando competencias a los que están más preparados. Con nuestras capacidades limitadas, poco a poco quedaremos más retrasados.

Luchar contra la economía criminal, la corrupción política y la ineficiencia estatal parece mucho para una persona, para un gobierno y hasta para una generación. Pero es una guerra que política y moralmente estamos obligados a pelear. Por eso, el verdadero enemigo está instalado dentro: estamos distraídos en nuestro propio bienestar y eso adormece nuestra conciencia e impide rebelarnos. No queremos sufrir, pero olvidamos que los errores sirven para encontrar los aciertos, que cada golpe fortalece nuestro carácter y que el dolor es el precio del crecimiento. Son cobardías que paralizan. Pero, en medio de tanta urgencia, seguir siendo pasivos nos hace traidores a nuestro propio futuro. La promesa para este año debiera ser perder el miedo a encontrarnos con la verdad, tener la ilusión de entendernos mejor y la valentía para renunciar a intereses, porque los encuentros siempre se dan en un punto intermedio. Debe ser una promesa sagrada, como las antiguas, como las del mito, porque no tendremos otra oportunidad.

Otrosí, mis deseos para los lectores: que las comas caigan bien puestas; que los adjetivos no distraigan; que los verbos lleguen con el tiempo apropiado; que los adverbios sean de calidad y no de cantidad; que los sujetos sean siempre libres; que los predicados lo sean desde el ejemplo; que las oraciones vengan con sus bendiciones; que para admirar y cuestionar no se requieran signos especiales; que no necesitemos mayúsculas para ser grandes, ni negritas o itálicas para destacar; que el plural reconozca el singular, y viceversa; que lo femenino y lo masculino vayan de la mano; que las metáforas desaparezcan lo obvio; que la poesía devuelva la verdad de los sentimientos; que cada palabra sea una idea nueva; que no te fuercen un punto final; y que, después de los puntos suspensivos, siempre encuentres un abrazo y un amor. Feliz año.
 

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