Las encuestas recientes muestran un escenario cada vez menos sorprendente en el Perú: demasiados candidatos con poquísimos votos. Nadie logra convencer a 10-12% de electores y hay una cola larga de candidatos con menos de 2%, entre ellos, algunos de los mejores. Sobran opciones en el menú, pero cuatro de cada diez peruanos no se animan por ningún plato.
La explicación más inmediata suele centrarse en la oferta política, la crisis de los partidos y las reglas electorales. Pero quizá convenga mirar también un elemento más básico: las actitudes de los ciudadanos frente a la política y la acción colectiva en general.
La última edición de la Encuesta Mundial de Valores para el Perú ofrece datos interesantes. En 2025, apenas 35% de los peruanos señala que la política es importante y, en cambio, 99% opina que es la familia y 96% el trabajo. Si bien es natural que la gente desconfíe de la política y prefiera su círculo más cercano, la diferencia parece excesivamente alta.
Otro resultado es aún más llamativo. Cuando se pregunta si se puede confiar en la mayoría de las personas o si es mejor ser cauteloso, 93% responde que hay que tener cuidado al tratar con los demás, y solo 6% cree que se puede confiar en la mayoría de la gente. Son niveles de desconfianza interpersonal extraordinariamente altos en comparación internacional.
Con esos niveles de desconfianza en el otro, no es en absoluto extraño que haya 36 candidatos y que ninguno convenza. No es solo la política, la desconfianza tiñe todas las organizaciones colectivas: juntas de propietarios, clubes deportivos, etcétera.
La desconfianza social y la fragmentación política se explican y alimentan mutuamente. Un sistema político que produce gobiernos débiles y conflictos permanentes causados por hacer primar intereses particulares erosiona la confianza ciudadana. Y una ciudadanía profundamente desconfiada hace más difícil que surjan liderazgos capaces de consolidar apoyos duraderos y aglutinar facciones.
La proliferación de candidatos podría pensarse como un síntoma de esa desconfianza social extrema. Si los partidos no logran generar identidades políticas fuertes, cualquier liderazgo con cierta visibilidad puede intentar ocupar un espacio electoral. Si es costumbre desconfiar es más difícil que se logren alianzas entre partidos similares. Ello también puede impactar en que las preferencias de los votantes se distribuyan entre muchas alternativas. Preguntarse ¿cuál de todas las opciones es la más parecida a mí? Es una pregunta natural si no se confía en nadie más que en la familia.
Cuando el grupo de indecisos y nulos casi que cuadruplica a los dos candidatos punteros, el problema puede estar más allá del ámbito político o electoral. Puede ser reflejo de una sociedad donde no solo las organizaciones políticas son débiles.
Si hay poco interés y mucha desconfianza en la política, es natural que muchos electores posterguen su decisión hasta etapas muy tardías del proceso electoral. Las elecciones en Perú se han vuelto como una carrera de caballos donde uno de los últimos galopa al final y gana por una nariz.
La desconfianza interpersonal tiene bases muy razonables y concretas. Durante décadas, el Perú ha convivido con niveles muy altos de impunidad frente a quienes rompen las reglas: no le pasa nada al vecino que no paga su cuota de mantenimiento; hay corrupción en clubes que no terminan en sanciones efectivas; las economías ilegales operan sin problema; hay choferes que atropellan y fugan; autoridades corruptas y/o incompetentes que no sufren mayores consecuencias.
Confiar tanto en la familia y casi nada en los demás es fatal para el desarrollo. La cooperación social requiere redes de confianza más amplias. De lo contrario, las relaciones terminan organizándose en pequeños grupos cerrados. La argolla se vuelve el elemento central que reemplaza a la familia en la estructura social. Incluso, en el Perú, es demasiado frecuente que las familias tengan un peso importante en las agrupaciones políticas. Confiar en la familia puede parecer bueno, pero así funciona también la mafia. Confiar solo en la familia es terrible.
Tal vez no solo necesitamos reducir el número de partidos, sino reconstruir niveles mínimos de confianza social. Eso se logra haciendo cumplir las reglas y priorizando la lealtad a los principios por encima de la lealtad a las personas.