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Detrás de la muerte

"La muerte de Lizeth ha desnudado muchas de nuestras miserias. Debería servir para construir mejores políticas y servicios públicos, para crear una cultura de respeto a las leyes…”.

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
01/03/2026 - 07:05
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Si Adrián hubiese auxiliado a Lizeth después de arrollarla, habría evitado ir a prisión a pesar del agravante de haber manejado a velocidad, incluso si hubiese estado borracho. Tiene a su favor la confesión sincera (sin ella aún no se sabría quién mató a Lizeth, los videos solo identifican el vehículo, pero no quién lo manejaba), puede solicitar acelerar el fin del proceso (no habría más que probar) y podría aprovechar su responsabilidad restringida por tener menos de 25 años y carecer de antecedentes penales. Esas condiciones legales reducen la prisión máxima de ocho años por este homicidio a menos de cinco, que es el límite para suspenderla. El problema es que al huir agregó dos delitos y más años de pena: tres por no dar socorro y cuatro por fugarse. La defensa argumentará que solo se aplica uno, porque no dar socorro es una consecuencia de haberse fugado, en tanto que la Fiscalía y la familia tratarán de que se consideren los dos. Será un pleito jurídico para reducir o incrementar la pena, con la mirada puesta en el límite de esos cinco años. Si se supera, Adrián irá a prisión, pero no por haber matado a Lizeth, sino, técnicamente, por haberse fugado.

Si Adrián hubiese auxiliado a Lizeth, quizá no hubiese muerto, porque pasaron treinta larguísimos minutos antes de que llegase la ambulancia pública, aunque era medianoche y las calles estaban vacías. Cuando intervienen compañías de seguros, envían ambulancias privadas que suelen llegar rapidísimo, aun en horas punta. Pero no la hubo para Lizeth. Si alguien por caridad se hubiese ofrecido a llevarla: ¿habría hecho bien? ¿Cómo sabría si al moverla no le estaba acelerando la muerte? Se perdió más tiempo cuando la ambulancia la llevó al Hospital Casimiro Ulloa cuando tenía más cerca a la Clínica Anglo Americana. ¿No la llevó a la clínica porque debía garantizar el pago de los gastos de urgencia para salvar una vida? Este caso también ha desempolvado que mueren más en accidentes de tránsito que por el crimen organizado, que ya es bastante: el tráfico no es solo un problema de congestión vehicular, es un asunto de vida o muerte, cuya causa principal es el transporte informal, y no hacemos nada por regularlo. Tampoco tenemos respeto por las normas de tránsito, ni protocolos eficaces para que las clínicas y ambulancias privadas apoyen en las urgencias, ni mecanismos rápidos para que se les reintegren los gastos; y la mayor parte de los policías y serenos no están capacitados para atender urgencias ni nosotros tampoco.

Si Adrián hubiese auxiliado a Lizeth, no habría tanto dolor, porque al de la muerte agregó el desprecio del abandono, y de esa herida nació una indignación que reprochó a Adrián que no se hubiese entregado de inmediato y a su madrastra, Marisel, y a su enamorada, Francesca, que lo hubiesen ayudado a retrasar esa entrega. Ellas están siendo investigadas por el delito de encubrimiento, pero probarán que tienen una evidente relación entrañable con Adrián y quedarán libres de responsabilidad, porque las personas afectivamente cercanas tienen excusa para ayudar. Si alguien busca la verdad jurídica, será esa. Sin embargo, sin esperar denuncia o sentencia alguna, Marisel y Francesca han sido sancionadas socialmente y han perdido sus trabajos. Ocurre que hay momentos en los que la verdad no importa porque lo que se necesita es un villano y, si no lo hay, se fabrica. Ellas, a su modo, son las víctimas colaterales de este caso. Les hemos exigido un estándar ético que no tenemos, el de una sociedad ideal en la que cada uno cumple sus deberes, asume responsabilidades, confiesa delitos y paga deudas.

Réquiem: la muerte de Lizeth ha desnudado muchas de nuestras miserias. Debería servir para construir mejores políticas y servicios públicos, para crear una cultura de respeto a las leyes y para exigirnos un estándar ético mayor. Recién entonces, al final de una vigilia, como en el poema de Vallejo, luego de rogarle “Lizeth, no te mueras, te queremos tanto”, después de que ella, ¡ay!, siguiese muriendo, quizá nos vea emocionada, se levante de la pista, abrace al primero de nosotros y se eche a andar. Entonces, caminaríamos detrás de ella en una sociedad mejor. Esa es la justicia que les debemos, a ella y a todas las demás víctimas del tráfico.

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