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“Despacio se va lejos”

"Estamos en una cultura de la premura, del activismo y de la aceleración. Pasamos por algunas experiencias sin que las experiencias pasen por nosotros y, paradójicamente, nos olvidamos de vivir".

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Gonzalo Elías
Columna por Gonzalo Elías. (Foto: Difusión)
Fecha actualización:
10/11/2025 - 08:19
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Tenía un tío, muy querido, que cada cierto tiempo me invitaba a su casa de playa a almorzar y tomar unos tragos. Vivía todo el año frente al mar; era una persona contemplativa, reflexiva, adoraba los animales, especialmente a los perros. Este tío había sido amigo de mi padre, muy amigo, y me contaba historias de él. Yo tuve la buena suerte de conocer bastante a mi papá, pero la mala de perderlo relativamente joven, cuando estaba en mis veintes. Este tío vivió 30 años más que él, guardaba muchas historias (sobre todo de la juventud de ambos) que yo no conocía y me gustaba escuchar. Pero la verdadera razón por la que disfrutaba pasar tiempo con él era porque me sorprendía lo diferentes que eran. Mi padre era vehemente, acelerado, tenía tantas ganas de vivir que el día no le alcanzaba. Quizá por eso mismo no llegó a los 70, porque vivía tan intensamente que el cuerpo no le dio. El lado bueno es que disfrutó mucho e hizo muchas cosas con su vida. Mi tío, en cambio, era pausado, iba despacio (literalmente, cuando yo era chico e iba con los dos a algún lugar, ellos preferían ir en carros separados, porque mi papá quería ir a 150 y mi tío decía: “Despacio se va lejos”).

Hace unos años, antes de que mi tío enfermara, un día me dijo: “Ya me cansé de vivir” (como la canción de Julio Iglesias). Pero no estaba deprimido ni lo dijo de una manera dramática. Se le salió del alma, al menos eso sentí. Pude percibir que se sentía a gusto, vivió una vida muy larga, y la vivió a su manera. Curiosamente, esas palabras suyas me hicieron acordar a las de su amigo, mi padre, que alguna vez le escuché decir: “Hay que saber morir”.

Ninguna de las dos expresiones las pude entender en su momento, ambas me parecieron enigmáticas. Sin embargo, con el tiempo, las evoco frecuentemente.

Vivimos en una sociedad que por todos lados nos dicta que hay que vivir intensamente, que la vida son 4 días y ya pasaron 3, que no hay tiempo para perder. Y claramente tiene sentido. Pero, por otro lado, estamos en una cultura de la premura, del activismo y de la aceleración. Pasamos por algunas experiencias sin que las experiencias pasen por nosotros y, paradójicamente, nos olvidamos de vivir.

A mí por lo pronto, estos dos me dejaron mucho que pensar. Cada uno sabe, en el fondo, de qué lado está pecando más.

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