La economía peruana creció 3.7% en febrero de 2026. Esto significa que se produjo 3.7% más que en febrero de 2025. Muchos se preguntan de qué sirve esa cifra si enfrentan innumerables problemas en su vida del día a día. La respuesta está en la confusión de los términos crecimiento económico y desarrollo, que se asumen como sinónimos, pero no es así. Crecer significa producir más, mientras que el desarrollo se asocia con una mayor calidad de vida o bienestar. Una economía puede crecer, pero no desarrollar. Veamos.
Los resultados económicos, como por ejemplo, el crecimiento, no son un fin en sí mismos, sino un medio que puede servir para aumentar el bienestar. Y digo “puede” porque hay muchas economías con buenos resultados económicos y mediocres resultados sociales. Un ejemplo simple: la economía peruana crece alrededor de 3% anual, pero tiene altísimos niveles de anemia infantil, además de casi 30% de la población en condiciones de pobreza. En términos más formales, “lo económico” es una condición necesaria, pero no suficiente para elevar el bienestar. Una economía puede atravesar por una fase de crecimiento, medido por los aumentos en el PBI, pero no desarrollar, es decir, aumentar la calidad de vida de la población. El crecimiento tiene una connotación material (producir más), mientras que el desarrollo está vinculado con una elevación del bienestar.
Existen dos razones por las que es necesario crecer: por un lado, si las empresas producen más, el Gobierno recauda más y, por lo tanto, aumenta la capacidad de gasto del Estado; por otro, y dependiendo de los sectores que lideren el crecimiento, genera empleo. Ojo, que no estamos analizando cuánto debe crecer la economía peruana ni tampoco la calidad del empleo creado. Digo esto porque habría que explicar, por ejemplo, por qué el crecimiento está elevando el empleo informal.
Un dato aclara la idea. El crecimiento promedio anual de la economía peruana entre 1921 y 2021 fue 3.8%; si es así, ¿por qué no nos hemos enrumbado hacia el desarrollo? En primer lugar, el hecho de que el Estado tenga dinero como consecuencia del crecimiento no significa que sepa cómo gastarlo; una de las grandes reformas ausentes en los primeros 26 años del siglo es la del Estado. En segundo lugar, los efectos de las políticas sociales no se ven en el corto plazo, sino en el mediano y largo plazo, suponiendo que hayan estado bien diseñadas e implementadas, y no alteradas por los nuevos gobiernos. En tercer lugar, existe un alto nivel de desigualdad, no solo de ingresos, sino también de oportunidades, y regional; este último problema es una característica histórica de América Latina. En cuarto lugar, el Estado no está garantizando un acceso a servicios básicos de calidad; educación y salud de alta calidad son centrales para sostener el crecimiento, y cruciales para elevar el bienestar. En quinto lugar, la infraestructura es deficiente, en especial en la conexión entre sectores rurales y los mercados. En sexto lugar, la corrupción en instituciones básicas, como el Poder Judicial. En séptimo lugar, el gran ausente es la reforma institucional. En términos simples, no hemos tenido buenos gobiernos.
El crecimiento es una condición necesaria, pero no suficiente para desarrollar. Entre ambas median las reformas institucionales, imprescindibles para lograr una mejor calidad de vida para todos.