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"(...) En la campaña no ha habido planes de gobierno, ni ideas, ni lemas, ni derechas, ni izquierdas, solo promesas populistas”.

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
12/04/2026 - 07:05
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¿Cuál es su historia de amor? Las nominadas son: Romeo y Julieta, de William Shakespeare; Paris y Helena en la Ilíada, de Homero; Emma y León en Madame Bovary, de Gustave Flaubert; y Leonardo y la novia ajena en Bodas de sangre, de Federico García Lorca. En todas ellas el amor es rojo sangre, no por la pasión, sino por la tragedia que produce. Hay otras historias, con efectos especiales, que hacen vivir la intensidad, aunque el amor no sea correspondido del todo. Las nominadas son: Florentino y Fermina en El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez; Tom y Becky en Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; Alonso (don Quijote) y Aldonza (Dulcinea) en Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; y la joven que narra y el chino con dinero, sin nombres conocidos, en El amante, de Marguerite Duras. Sin embargo, si pudiera elegir, mi historia sería otra: la del niño y el zorro en El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Como recuerda, el niño le propone jugar y el zorro le pide que antes sean amigos, que debían ser especiales el uno para el otro, y eso solo se logra con paciencia: “… al principio te sentarás un poco lejos; pero cada día te sentarás un poco más cerca, pero debes venir a la misma hora; por ejemplo, si vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro de la tarde me sentiré inquieto y descubriré el precio de la felicidad”. Pasó el tiempo y el niño cuidó al zorro, lo abrigó, lo escuchó quejarse o alabarse o callarse, como también lo hizo con una rosa que le era especial. Cuando llegó el tiempo de despedirse, el zorro le regaló un secreto: “No se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos. Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla, eres responsable para siempre de lo que has domesticado”.

Eso mismo respondió Benjamín Franklin a la señora Powell cuando, a la salida del Independence Hall en Filadelfia, donde se había aprobado la Constitución de los Estados Unidos (1787), le preguntó: “Bueno, doctor, ¿qué tenemos? ¿Una monarquía o una república?”. “Una república”, y agregó: “… si logran conservarla”. Nosotros no hemos conservado la nuestra, solo reproducimos la liturgia en Fiestas Patrias y en las elecciones generales. Las de ahora parecen inciertas, el que menos opina que cualquier cosa puede pasar. Sin embargo, son bastante predecibles, ya que, cualquiera que sea el resultado oficial: (a) los dos clasificados para la segunda vuelta, juntos, no superarán el 30%; (b) tendremos un Congreso fraccionado, entre seis a ocho franquicias; (c) el repudio al actual Congreso (“Por estos No”) solo afectó a unas tres agrupaciones menores; pero (d) otras tres siguen vivas y tendrán mayoría relativa. Esa fracturación es mala porque dificulta llegar a acuerdos serios. La verdadera elección empieza ahora. Seguiremos mal si repetimos lo del antivoto, porque ignora que el candidato que ha llegado a segunda vuelta es un “mandatario”, no es el mismo, son millones de peruanos que apuestan su esperanza en él. No se puede construir república descalificando las esperanzas de unos o de otros. Esa será nuestra verdadera elección, no por un candidato, sino para celebrar un pacto que haga realidad todas esas esperanzas y obligarnos a cumplirlo. Debiera ser fácil, porque en la campaña no ha habido planes de gobierno, ni ideas, ni lemas, ni derechas, ni izquierdas, solo promesas populistas. Lo difícil será vencer vanidades para sentarnos en una mesa para firmar ese pacto de buen gobierno que reconstruya los servicios públicos, recupere la disciplina fiscal, convoque a los mejores para la gestión pública y promueva Justicia y Ministerio Público, como el BCR, autónomos y eficientes. Los enemigos no son los otros grupos políticos, sino la economía criminal y la corrupción. Ahorremos energía para luchar contra ellos, que son un monstruo que pisa fuerte, más que cualquier fascismo y que cualquier comunismo. Para eso, para ganar legitimidad, será necesario acercarnos a la gente, con paciencia, cumpliendo sus esperanzas; el tiempo en que la política recuperará prestigio y las gentes se pondrán felices, como el zorro cuando supo que el niño lo quería. Amén.

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