Mientras en la casa los adultos estamos preocupados por quién será el próximo presidente del Perú, en la habitación de al lado, aquí nomás, mi hijo de nueve años tiene centrada toda su energía en el próximo campeonato mundial de fútbol y su respectivo álbum Panini. Como corresponde, la adquisición del mismo está sujeta al cumplimiento de una serie de funciones, es decir, la típica herramienta que encontramos los padres para lograr que nuestros hijos nos hagan caso en aquello que por lo general les entra por una oreja y les sale por la otra.
Dicho esto, ha llegado el día de ir y cumplir con mi parte del trato. Él ya hizo lo suyo: tender la cama todos los días, lavar el auto y, sobre todo, lo más importante, dejar de jorobar a su hermana menor. Esta semana se ha portado ‘sedita’.
En la librería, por todos lados, hay afiches del mencionado álbum. La versión popular y la versión de luxe, con letras doradas y tapa gruesa empastada. La primera cuesta nueve soles con noventa centavos; la segunda, noventa y nueve soles con noventa centavos. Los sobres con siete figuritas cuestan cuatro soles con veinte centavos y el paquetón, es decir, una caja con ciento cuatro sobres, cuatrocientos veinte soles.
En resumen, y en cristiano… tengo dos opciones: gastar quince soles en la versión popular más un sobrecito de figuritas, o tirar quinientos veinte soles en la versión mega ultra VIP gold con paquetón incluido, así mi hijo llena el álbum de un cocacho.
“Por favor, me da el álbum de nueve soles y un sobrecito de figuritas”… y, justo a mi lado, otro padre de familia comprando el mismo álbum para su hijo, pero la versión VIP, además del paquetón de figuritas.
“Ten, hijito, te lo mereces”.
“Papá, a ese niño le están comprando la mejor versión del álbum con todas las figuritas y tú a mí no”.
¿Y ahora cómo hago para explicarle que el chiste no es el resultado inmediato, sino más bien el proceso? El valor de día a día ganarse un paquetito porque cumplió una meta, la experiencia de habitar la incertidumbre y encontrarse con la sorpresa de la figurita deseada que puede dar por completado el álbum, o el cromo repetido que obligatoriamente lo llevará a negociar con otros niños en un intercambio de figuritas más conocido como “yala, nola, sila”.
“El álbum de nueve soles y un sobrecito o nada, mi amor…, tú eliges”.
El viernes entrevisté al destacado psicólogo social e investigador Jorge Yamamoto. Le pedí que hiciera una radiografía del elector peruano y además me explicara, desde su punto de vista profesional, por qué los peruanos elegimos tan mal.
Grosso modo, esto fue lo que me dijo: los electores peruanos estamos de acuerdo en lo que queremos: un presidente con valores morales sólidos, características impecables de gestor, visionario y estadista. Un humano probo, impoluto, impecable e intachable por sus cuatro costados. Sin embargo, a la hora de elegir, le damos la responsabilidad de gobernarnos a alguien que está en el otro extremo de nuestros deseos y aspiraciones.
¿Por qué pasa esto? Pues porque a los peruanos no les gusta hacerse la tarea de investigar, documentarse, comparar las propuestas, hojas de vida y cuanto material se pone a disposición para saber a quién tenemos enfrente. Y todo ese proceso —me explicaba Yamamoto— nos demandaría en promedio unas seis horas, que no necesariamente tendrían que aplicarse de un tirón.
Pero la flojera gana y aparecen entonces la emoción y el estereotipo como principales referentes a la hora de marcar con un aspa o una cruz sobre el candidato. Es decir, queremos el resultado sin el proceso.
Todos quieren emprender, escribir un libro, vivir de lo que les apasiona. Desde el noble impulso y el ferviente deseo, lo anterior es legítimo. El problema es no querer prepararse, hacerse la chamba, mamarse el proceso. Porque el verdadero camino empieza cuando nadie nos mira ni aplaude. El camino empieza en el proceso.
Estamos viviendo la era de la inmediatez. Todo es para ayer, rapidito nomás. Comida rápida, mensajes por WhatsApp rápidos, relaciones rápidas. Queremos sacar músculo sin cargar las pesas, queremos la estabilidad emocional sin la incomodidad de la introspección, queremos el negocio exitoso sin la prueba y error, queremos el reconocimiento sin el recorrido y las necesarias heridas de las frustraciones y los fracasos.
Las redes sociales te entrenan diariamente en reconocer el resultado sin enterarte del proceso. Ves al que tiene un podcast exitoso, pero no te enteraste de los capítulos que nadie escuchó. Ves al que publicó un libro, pero ni te enteraste de los borradores rechazados ni de las noches enteras de duda y textos descartados. Ves al que tiene un emprendimiento sólido, pero no ves los años de incertidumbre, las pérdidas, los errores, las decisiones equivocadas.
Instagram te quiere hacer creer que la vida es un reel o una historia de treinta segundos.
Cada pasadita a la siguiente historia con tu dedo índice es la construcción de la ilusión de que el éxito es rápido, en una, superaccesible y para cualquiera. Sin costo emocional, sin disciplina, sin espera. Ilusión que luego se convertirá en frustración.
Pareciera que hay una urgencia por simplemente llegar…, pero ¿a dónde? Y aquí lo paradójico es que el destino no está claro. Llegar porque otros ya llegaron, tener porque otros lo tienen, lograr porque todos lo están logrando.
Y es gracias a ese ruido social que no logramos escuchar lo más importante y fundamental: el sentido personal del camino.
¿Estás persiguiendo un deseo propio o algo colectivo que calma tu angustia?
No hay ningún problema en querer hacer un podcast. El problema es creer que eso te va a dar valor. Escribir un libro para sentir que vales más: ese sería un gran problema. Emprender porque está de moda: fracaso directo. La urgencia de la angustia.
Necesitamos inculcar en nuestros hijos el concepto del proceso. El proceso no es un trámite para llegar al resultado; es más bien un profundo espacio de transformación. Donde te vas a frustrar, vas a dudar, te vas a equivocar. Y a partir de todo lo anterior, el regalo será que te descubrirás. Te romperás un poco, pero te reconstruirás diferente. Vas a enfrentarte a ti mismo. Nadie te aplaudirá; estarás frente a ti, con tus inseguridades, con lo que eres, con un universo de posibilidades.
Hay una idea equivocadísima dando vueltas en la cabeza de los chicos: si eres bueno, todo va a fluir; si eres talentoso, el camino será más fácil. Olvidando que el talento ayuda, pero jamás reemplazará a la perseverancia y el trabajo parejo. El talento abre la puerta, pero el proceso te permite quedarte adentro.
Y aquí aparece otra protagonista del proceso: la disciplina. La disciplina no es castigo. La disciplina es hacer lo que tienes que hacer así no tengas ganas. Es sostener un compromiso contigo mismo. Es la construcción a largo plazo.
“La próxima semana te compro dos sobres, siempre y cuando te encargues de lavar, secar y guardar los platos toda la semana; y si te tocan figuritas repetidas, las intercambias con tus amigos del colegio o nos vamos el sábado en la tarde al parque Kennedy en Miraflores a encontrarnos con todos los coleccionistas”.