En el debate electoral ha vuelto a aparecer el nombre de un siniestro personaje que debe generarnos rechazo: Víctor Polay Campos, cabecilla terrorista del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Sin embargo, algunos candidatos han optado por la ambigüedad o el silencio. La discusión se ha centrado en quiénes aparecen junto al apodado ‘Camarada Rolando’: si lo conocían, si estuvieron de casualidad en alguna reunión con él o si lo enaltecieron como un revolucionario. Polay no es un individuo cualquiera. Es un asesino que está preso por los delitos de terrorismo y homicidio calificado.
Polay fue el líder del MRTA, y lo realmente preocupante es la forma trivial en que se le menciona, sin exigir a los candidatos y a la clase política una posición clara y sin ambigüedades sobre el terrorismo. No se trata únicamente de sus vínculos en el pasado. Se trata de exigirles un deslinde firme sobre los brutales crímenes, atentados y secuestros que promovieron terroristas como Polay bajo el argumento de la “revolución” o la “lucha política”. No se trata de “terruquear”, término en el que se ampara un sector de la izquierda, incapaz de distinguir el crimen de la política. Se trata de tener memoria y conciencia colectiva para evitar que el terrorismo pueda volver.
En pleno debate presidencial, cuando Keiko Fujimori le recordó al candidato Jorge Nieto su pasado con Polay, con fotografía incluida como prueba del vínculo, Nieto, lejos de condenar el accionar del terrorista, se refugió en la figura de la insidia de la candidata. Y luego, en lugar de deslindar, justificó su relación con Polay aduciendo que Fernando Rospigliosi también estuvo con él. Lo que debió ser un momento para hacer un parteaguas con el terror terminó siendo nuevamente una zona gris.
Algo parecido ocurre con otro candidato de izquierda, Alfonso López-Chau. Recurre a la retórica con frases como “equivocaron el método, equivocaron el camino”, sin que haya un deslinde categórico. El problema va más allá de haber conocido a Polay: es lo que representa este terrorista para el Perú, y el balbuceo de quienes lo enaltecieron como revolucionario político, o casi como un Robin Hood, no puede continuar. La respuesta frente a los cuestionamientos no debería admitir matices.
Para quienes hemos vivido el horror que implantó Polay, es una falta de respeto que algunos candidatos intenten maquillar o evadir una posición contra el terrorismo. Este tema me toca de cerca; es verdad: Polay y sus secuaces atacaron mi ciudad, se metieron a mi casa cuando yo era una niña. Los recuerdos no se borran. Y no se trata de insidia. No debemos permitir que la historia se tergiverse ni que se trate de suavizar para confundir a las nuevas generaciones que no vivieron esa etapa criminal.
Entonces, que no se diga: “También él fue su amigo”. El pasado no admite medias tintas. Quien pretenda gobernar el país debe empezar por llamar las cosas por su nombre y marcar distancia de la violencia.
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