Siempre he sentido mucha pena hacia las personas que sufren de adicciones. Lamentablemente, no es el caso de todo el mundo. Hoy en día, sigue siendo un tema profundamente estigmatizado. Es que la persona que padece una adicción suele llevar una vida desordenada, con una funcionalidad afectada y vínculos deteriorados —además de que muchas veces su consumo implica sustancias no legales—. Sin embargo, reducirla a eso es injusto. Quienes sufren de adicciones merecen compasión, comprensión y ayuda.
Las adicciones van más allá de un asunto de fuerza de voluntad. Se trata de una compulsión profunda que sobrepasa la capacidad racional de tomar decisiones. A través del consumo, la persona intenta satisfacer momentáneamente necesidades emocionales o psicológicas muy arraigadas: llenar un vacío, escapar del dolor, de la alienación. En el fondo, hay una búsqueda desesperada de sentido y pertenencia, marcada por una gran fragilidad. No es solo un fenómeno químico o neurofisiológico; se entrelazan factores psicológicos, emocionales y sociales.
Gabor Maté, médico canadiense especializado en adicciones, sostiene que este fenómeno ocurre a gran escala en el mundo occidental debido a profundos vacíos internos, producto de carencias emocionales tempranas. Su teoría plantea que, cuando en los primeros años no hay suficiente sintonía entre padres e hijos —presencia sin estrés, disponibilidad emocional, ayuda para la regulación—, se dificulta el desarrollo de la capacidad de autorregulación. Esto deja una vulnerabilidad que puede traducirse posteriormente en forma de adicción.
En los años 50 y 60, se realizaron experimentos con ratas para entender el mecanismo de la adicción. Una rata aislada en una jaula tenía acceso a dos envases: uno con agua pura y otro con agua mezclada con droga. La mayoría se obsesionaba con esta última, consumiéndola hasta morir. Pero posteriormente, en los años 70, el psicólogo Bruce Alexander notó algo particular: la rata del experimento estaba sola, sin estímulos ni compañía. Así que probó hacer el mismo experimento, pero les colocó a las ratas juguetes, túneles y compañeros. ¿Qué pasó entonces? Probaron ambas aguas, pero terminaron rechazando la que tenía droga. De hecho, estas ratas consumieron menos de un cuarto de esta agua que las ratas aisladas. Deja mucho que pensar, ¿no?
La adicción es compleja. Es una fuerza capaz de impactar en la identidad de la persona, ocupar el centro del psiquismo y hacer que toda su energía gire en torno al consumo. Por eso, la recuperación, tan retadora, implica no solo atender la dependencia física, sino también sanar heridas emocionales y restaurar el sentido de identidad que la adicción menoscaba.
Suscríbete gratis a la Guía Gastronómica más prestigiosa del país. SUMMUM, el newsletter semanal.
VIDEO RECOMENDADO