El Mundial comenzó y, desde el arranque, el hincha se pudo percatar de varias cosas fuera de lo común. Para empezar, propio de una Copa de tres sedes, hubo tres ceremonias inaugurales, celebradas en dos días distintos. Situación inusual que debería haber ameritado el triple de emociones y espectáculo, pero que tranquilamente podría pasar al olvido.
Canadá recibió a la máxima fiesta del fútbol con un show discreto. Todo muy coordinado y ordenado, pero sin color (más allá del rojo que cubrió la cancha). En Estados Unidos, hubo momentos impresionantes, pero fueron mayormente opacados por gradas parcialmente vacías y unos reprochables abucheos cuando la bandera iraní se desplegó en el campo junto con las de los demás países participantes.
La fiesta en Ciudad de México tenía potencial, principalmente debido a la alineación de artistas como Maná, J Balvin y Shakira. Sin embargo, la puesta en escena quedó corta y no estuvo a la altura del carácter monumental del Estadio Azteca. Quizás el error imperdonable de los mexicanos fue justamente no rendirle un homenaje apropiado a semejante templo del fútbol. Se esperaba que en el norte se priorice el espectáculo audiovisual, pero que en el DF, precisamente en el coloso que ha recibido tres mundiales y vio consagrarse tanto a Pelé (en 1970) como a Maradona (1986), lo justo hubiera sido hacerle honor al deporte rey, su historia y su trascendencia intercultural.
Y es que estas presentaciones le recordaron al fanático del fútbol que este, el juego más bonito del mundo, ha cambiado muchísimo. Es más, se podría decir que está en camino a convertirse en un deporte considerablemente distinto del que era hasta no hace mucho, menos de diez años. Solo tenga en consideración que, el pasado jueves, minutos antes del pitazo inicial, en las pantallas del Azteca se reproducía una suerte de video tutorial, el cual explicaba los últimos cambios reglamentarios de la FIFA: un hecho inédito que vuelve inevitable pensar que el fanático del fútbol necesita de una guía o manual para entender el juego.
Las interrupciones son el síntoma más visible de que algo no cuadra. El VAR, que en 2018 prometía intervenir solo en errores claros, hoy revisa segundas amarillas y casos de identidad equivocada, y detiene los partidos más que nunca. A esa pausa se sumaron otras: el minuto de hidratación —tres minutos por tiempo, heredados del Mundial de Clubes 2025— que las televisoras ya cubren con tandas comerciales en lugar de permitirnos escuchar las charlas tácticas, y los nuevos relojes del reglamento.
En respuesta, para compensar los minutos perdidos, se introdujeron castigos para las clásicas vivezas que les permitían a los jugadores ganar tiempo. Los arqueros tienen ocho segundos para soltar el balón antes de regalar un córner; los saques de banda y de meta, apenas cinco; el jugador sustituido, diez para abandonar la cancha. Buenas ideas en el papel, pero en la cancha no están logrando su cometido: darle algo de dinamismo a un juego que se parece cada vez más a la versión lenta e interrumpida que los estadounidenses llaman “football”.
La transmisión también mutó. Hay cambios interesantes, como el del micrófono que lleva el árbitro para anunciar por los altavoces del estadio sus decisiones tras el VAR; una cámara estabilizada en su cuerpo ofrece la jugada desde sus ojos, y los escaneos en 3D de los futbolistas alimentan repeticiones casi de videojuego.
Aunque, lamentablemente, acompañando dichos avances tecnológicos llega la ‘americanización’ del fútbol, pues por primera vez en la historia mundialista habrá show de medio tiempo, ese ritual importado del Super Bowl y otras tradiciones deportivas estadounidenses, que tan bien combinan con los hot dogs que se venden en las gradas de los estadios, pero que, sumado a las modificaciones al reglamento, aleja al deporte de sus orígenes, aquellos a los que el hincha de a pie se había acostumbrado.
El partido de la fecha
Brasil y Marruecos empataron 1-1 en lo que, en la previa, se anticipaba como un duelo de infarto. Y no era para menos, pues no siempre se ven las caras un gigante del fútbol mundial y el que es, sin duda, la mejor selección africana de los últimos cinco años.
Y justamente los marroquíes tenían cómo golpear, y lo hicieron, por si fuera poco, desnudando las falencias defensivas brasileñas: Saibari corrió al espacio para aprovechar un gran pase entre líneas y definió por encima del arquero para sellar un golazo.
Sin embargo, si algo tienen los cariocas en una cancha de fútbol es orgullo, y así lo demostró Vinicius Jr., quien empató el partido a través de una gran jugada individual en la que se sacó de encima su marca y definió cruzado al ángulo.
Quedó la impresión de que estos dos equipazos tenían un poco más que ofrecer. Pero lo bueno es que el Mundial recién comienza y hoy habrá muchísimo más fútbol. Provecho.