La historia de los mundiales también se escribe con episodios oscuros. Algunos permanecen abiertos décadas después. Uno de ellos ocurrió en Estados Unidos 1994, cuando Diego Armando Maradona fue retirado de la competencia tras dar positivo en un control antidopaje. Quienes integraron aquella selección, incluido Alfio Basile, sostuvieron durante años que el capitán argentino fue víctima de una conspiración. Según esa versión, João Havelange, entonces presidente de la FIFA, quería despedirse del cargo viendo campeón a Brasil. Después de 24 años al frente del máximo organismo del fútbol, esa habría sido su última gran jugada. En ese relato también aparece Humberto Grondona, presidente de la AFA y vicepresidente de la FIFA, señalado por muchos como el dirigente que "entregó" a Maradona.
Hinchas argentinos recolectan firmas para que su selección repita el partido ante España. Hasta el momento, más de 60 mil personas han hecho la petición.
Tres décadas después ya no se habla de controles antidopaje, sino de conspiraciones políticas. Las redes sociales construyeron una nueva teoría: Gianni Infantino necesitaba que España levantara el título para consolidar el respaldo europeo a una futura reelección. La versión, tan difundida como imposible de comprobar, sostiene que Claudio "Chiqui" Tapia recibió el mensaje de que aquella final no debía ganarla Argentina. Incluso hubo quienes afirmaron que Aleksander Ceferin presionó para que el árbitro fuera esloveno y así garantizar un desenlace favorable a un país europeo.
Las teorías de conspiración siempre encuentran terreno fértil cuando los protagonistas ofrecen actuaciones inexplicables. Y Argentina, sencillamente, jugó una final irreconocible.
No remató una sola vez entre los tres palos defendidos por Unai Simón durante los noventa minutos. Lionel Messi fue neutralizado por el trabajo colectivo de Porro, Cubarsí, Laporte y Cucurella, respaldados por un impecable planteamiento táctico de Luis de la Fuente. La respuesta argentina no llegó desde el fútbol, sino desde la fricción: cinco tarjetas amarillas, una expulsión, apenas 32 % de posesión y un equipo que jamás encontró respuestas futbolísticas.
Más que una derrota, fue una renuncia.
LO REAL Y EL CASO PAREDES
Mientras las redes debatían conspiraciones, la realidad seguía otro camino. El verdadero problema de Claudio "Chiqui" Tapia no está en una final perdida, sino en las investigaciones que afronta por presunta evasión tributaria. En el fútbol, demasiadas veces el poder dirigencial ha estado acompañado por escándalos económicos.
El precedente más conocido fue el FIFAGate. Hace poco más de una década, la justicia estadounidense expuso una red de sobornos mediante la cual dirigentes de la CONMEBOL y la CONCACAF recibían millonarios pagos ilegales a cambio de adjudicar derechos de televisión y marketing deportivo. Algo que sucedería en una villa de San Luis.
Cuarenta y cinco dirigentes fueron procesados. José María Marín, de Brasil, y Juan Ángel Napout, de Paraguay, terminaron condenados y encarcelados. El inefable Manuel Burga, expresidente de la Federación Peruana de Fútbol y mascarón de proa en fracasos futbolísticos en este país, fue absuelto. Hoy las investigaciones apuntan hacia Tapia, y esa circunstancia explica por qué cualquier incidente protagonizado por la selección argentina adquiere una dimensión mucho mayor. Como por ejemplo la bronca al final del partido.
La FIFA ya designó a un fiscal disciplinario para evaluar los hechos protagonizados por Nahuel Molina, Leandro Paredes y Thiago Almada tras el pitazo final. Las imágenes muestran conductas que podrían ser sancionadas por vulnerar las normas básicas de comportamiento y por afectar el prestigio del fútbol y de la propia FIFA.
No sería la primera vez que ese artículo disciplinario marca un antes y un después. Bajo esa normativa fue sancionado Luis Rubiales por besar sin consentimiento a Jenni Hermoso durante la celebración del Mundial Femenino de 2023. También sirvió para castigar a Luis Suárez tras morder a Giorgio Chiellini en Brasil 2014.
Mientras tanto, Leandro Paredes podrá jugar con Boca Juniors frente a O'Higgins por la Copa Sudamericana. No existe, por ahora, ninguna suspensión que le impida actuar a nivel de clubes. Si marca un gol o termina siendo la figura del encuentro, será ovacionado por la Bombonera. Para buena parte del hincha xeneize, Paredes representa esa tradición de futbolistas temperamentales que integraron nombres como Blas Giunta, Mauricio "Chicho" Serna y Antonio Ubaldo Rattín.
Pero nada de eso modifica lo ocurrido en la final. Argentina jugó la final más sucia de la historia moderna del fútbol y encima no supo aceptar el resultado. Los números lo dicen todo. Cero tiros a puerta en 90 minutos, 24 faltas, 5 tarjetas amarillas, una roja y una pelea post partido nutren el infeliz récord. Su importante historia en el fútbol mundial tiene cuatro años para enmendar.