Ronin
Durante el periodo 2002-2013, la economía peruana creció a un promedio anual de 6.1%, una de las tasas más altas del mundo en ese momento. Este dinamismo permitió reducir de manera acelerada la brecha frente a las economías de altos ingresos y dio la impresión de que el país había encontrado un camino sólido hacia esa meta. Si dicho ritmo se hubiera mantenido a partir de 2014, hoy Perú estaría a las puertas de ingresar al grupo de naciones de ingresos altos, según la clasificación del Banco Mundial (ver gráfico 2). Sin embargo, la realidad ha sido otra, y ello plantea la pregunta crucial: ¿qué falló en ese proceso?
Al descomponer el crecimiento peruano, se observa que, durante la última década, la productividad (que determina si un país puede sostener ese crecimiento en el tiempo) ha tenido una contribución negativa (ver gráfico 1).
Esto significa que, incluso cuando se añadieron trabajadores y capital, el país fue incapaz de utilizarlos de manera más eficiente. Con lo cual, el Perú cayó en una “trampa de ingreso medio” donde los motores fáciles del crecimiento —exportación de materias primas, urbanización y estabilidad macro— se agotaron, pero no fueron reemplazados por reformas estructurales que impulsen innovación, diversificación y productividad.
Si se mantuviera este escenario inercial, con la productividad estancada y el crecimiento poblacional decreciente, el Perú tardaría más de cinco décadas en alcanzar el umbral de ingreso alto.
Opciones
Frente a esta realidad, ¿qué opciones tiene el Perú? Una primera estrategia es impulsar la inversión, mejorando el clima de negocios y aplicando de manera eficiente la reciente Ley de Asociaciones Público-Privadas, además de incrementar la calidad de la obra pública. Bajo este escenario, la inversión como porcentaje del PBI retornaría a niveles cercanos a los observados en el auge de la década de 2000. Sin embargo, los estudios muestran que, aunque la inversión eleva el capital por trabajador, su efecto se agota sin mejoras en productividad. Por ello, incluso con este esfuerzo, el Perú demoraría todavía más de cuatro décadas en alcanzar la categoría de país de ingresos altos.
La segunda estrategia es avanzar hacia un escenario de reformas moderadas, viables políticamente y con impacto directo sobre la productividad. Aquí se incluyen la simplificación regulatoria, la reducción de trámites, la formalización laboral y tributaria, la educación técnica y la formación dual, así como la creación de mercados más competitivos y mecanismos de financiamiento accesibles para las pymes. Estas medidas permitirían elevar la eficiencia y reasignar recursos hacia sectores más dinámicos. En este caso, el Perú podría alcanzar el umbral de ingresos altos en menos de 20 años.
Finalmente, en un escenario de reformas ambiciosas, se avanzaría en dimensiones críticas como la reforma del sistema de justicia, la modernización integral del sistema educativo y la construcción de un servicio civil meritocrático. Estas son instituciones que permiten a los países acercarse a la frontera tecnológica y sostener un crecimiento basado en innovación y competencia. Con estas reformas, el Perú podría convertirse en un país de ingresos altos en menos de tres gobiernos, lo que equivaldría a un horizonte inferior a 15 años.
El reto del Perú: Sin productividad no hay progreso
El crecimiento de una economía no depende solo de tener más trabajadores o de invertir en obras y maquinaria. Lo que realmente marca la diferencia es qué tan bien se usan esos recursos. Así lo explica Isaac Foinquinos, economista jefe de Ronin, quien recuerda que la productividad es el motor que permite a un país sostener su avance y acercarse a los niveles de desarrollo de las naciones más prósperas.
“Podemos invertir más y eso ayudará en el corto plazo, pero si no logramos que el capital humano mejore, que las instituciones funcionen y que haya espacio para la innovación, ese crecimiento se agotará”, advierte.
Foinquinos señala que la experiencia internacional muestra un punto común: los países que lograron dar el salto fueron aquellos que supieron reformarse y apostar por la productividad. Perú no es la excepción. “Con las políticas correctas, podríamos alcanzar el desarrollo en menos de una generación. Sin ellas, seguiremos atrapados en la llamada trampa del ingreso medio, con el riesgo de retroceder”, concluye.
Para Foinquinos, la disyuntiva es clara: o se avanza con reformas de fondo o se corre el riesgo de perder una oportunidad histórica.
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