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VIDA Y OBRA

Mario Vargas Llosa en 90 segundos

"Su padre lo abandonó antes de nacer y reapareció cuando tenía diez años; lo detestó y destetó; lo maltrató y traumó: templó el acero".

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Mario Vargas Llosa, 90 años. (Foto: AFP).
Mario Vargas Llosa, 90 años.
Fecha actualización:
22/03/2026 - 12:52
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Su madre le puso Mario gracias a un personaje de la ópera Tosca, que al final de sus líneas clama su deseo de amar y su necesidad de vivir. Su padre lo abandonó antes de nacer y reapareció cuando tenía diez años; lo detestó y destetó; lo maltrató y traumó: templó el acero. Para entonces, ya había ocurrido el hecho más importante de su vida: aprender a leer. 

Atenuó su soledad en la calle Diego Ferré, donde conoció la vida de barrio. Fue cadete, periodista y bohemio a los quince años. Fue camarada y luego democristiano en San Marcos, donde estudió a pesar de la oposición familiar. Se casó clandestinamente con Julia, que además de divorciada y diez años mayor era su tía política, razones suficientes para que su padre lo amenazara con dispararle. Impusieron su voluntad y vivieron junto a Batuque en una casita que le costó el esfuerzo de siete trabajos. 

 

 

Terminó la universidad con el sueño intacto de ser escritor y vivir en París, donde se instaló a los veintitrés años. Escribió tres novelas que lo ubicaron en la primera línea de la literatura en castellano, pero no bastó y escribió muchas más. Tampoco bastó y escribió ensayos, teatro, crónicas y columnas durante siete décadas. 

A los veintinueve años se casó con Patricia, su prima hermana, con quien tuvo tres hijos, seis nietos y una bisnieta: juntos darán varias vueltas al mundo. Volvió al Perú y vivió las ilusiones y los dramas de un país que tritura los nervios; terminó, en el momento de mayor crisis del siglo, convertido en candidato presidencial, carrera en la que corrió solo hasta que un desconocido le arrebató el triunfo. 

Cambió de opinión cuantas veces fue necesario; apoyó causas que luego atacó; hizo amistades de las que luego se distanció. Recibió todos los premios conocidos e imaginables y fue traducido a incontables idiomas. A los ochenta años se embarcó en un amorío con la reina de esas revistas que despreciaba, del que se desembarcó siete años después. 

Un día anunció que publicaría su última novela, otro día anunció su última columna; comenzó a prolongar sus silencios y a volver tras sus pasos. Sus últimos años los vivió cuidado por Patricia, su primera y última dedicatoria. Un domingo de abril su hijo anunció su muerte y comprendimos que ese ser era finito. Se iba con el último honor que faltaba: fallecer el mes en el que se fueron Cervantes y Shakespeare, Vallejo y Mariátegui, Sartre y Simone, Carpentier y García Márquez. Las tapas de todos los periódicos del mundo lo anunciaban: había partido el peruano más universal de la historia.

 

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