María Teresa Larco es psicóloga, pero no por la historia de su abuelo, el filántropo Víctor Larco Herrera, como hoy se llama el hospital nacional de salud mental.
Esta antología especial recoge toda la poesía de César Vallejo e incluye textos de escritores y críticos.
Hija única y con primos mayores por diez años, todos hombres.
–Cómo me aburría. Pero leía, leía y leía –me dice.
Visitaba a un tío en su casa. Un abogado con una monumental biblioteca, que alojaba libros de psicología y psiquiatría, los que María Teresa encontró.
–Me empezó a gustar la psicología... Pero mi abuelo ha sido mi motivación para la vida. Yo he tenido esa misma fuerza –me dice la psicóloga de voz determinante.
Fuerza que hoy la emplea para lograr que el nombre de su abuelo trascienda aún más. Por eso mañana presentará el libro Víctor Larco Herrera, el hombre y la obra, de Hermilio Valdizán. Estupenda nueva edición publicada por la notable Biblioteca Abraham Valdelomar. La cita es a las 7 p.m., en Samaca Artes y Letras (avenida Tejada 510, Barranco). El ingreso es libre y en la mesa también estarán Augusto Ortiz de Zevallos y Alberto Benavides Ganoza.
Me dice que hace unos tres años decidió hacer una campaña para recuperar el nombre de su abuelo en la sociedad peruana. ¿Por qué?
Tú le preguntas a cualquier persona quién es Víctor Larco Herrera y tiene dos alternativas. Te dicen “es psiquiatra” y después que les dices que no es psiquiatra, entonces se quedan un poco desconcertados y te dicen “es médico”. Entonces, tú les dices “es filántropo” y no entienden nada. Me gustaría que la gente sepa quién es, pero no solamente por este aspecto familiar y de admiración, aunque no lo conocí… Siendo chiquita yo escuchaba muchas anécdotas y me parecía que era impresionante tener una personalidad como la de él y que fuera mi abuelo.
¿Se acuerda de alguna anécdota en particular?
La primera que se me viene a la mente, que probablemente no es la más adecuada de contar, es cuando me contaron que algo pasó con el gobierno, le prohibieron algo. Él tenía una hacienda y sacaban los productos por el muelle de Huanchaco en un tren. Y entonces, enfurecido, descarriló el tren por el muelle, lo tiró al mar.
Era de armas tomar…
Totalmente… Entonces, la gente, como te digo, no sabe quién es. Alguna vez, un político conocido me dijo que mi abuelo fue un “loco”, lo que me indignó. Hace muchos años, cuando yo estaba en la universidad, nos pusieron el ejemplo de cómo en Europa se había sacado una nueva técnica para tratar a los pacientes esquizofrénicos. Y yo había leído en el libro de mi abuelo que él había puesto secretariado, corte y confección, ping-pong, billas cuando tomó el Larco Herrera. Entonces, dije: ¿De qué hablan, si hace muchas décadas mi abuelo ya usaba esa técnica y me la están enseñando ahora como una nueva cosa? No dije nada en clase y hace tres años decidí recuperar la memoria de mi abuelo, también porque una institución quiso hacerle un homenaje y querían que yo ponga plata.
Es una suma de indignaciones…
Indignaciones o decepciones. No estoy casada, no dependo de nadie. Mis padres murieron cuando yo tenía 30 años. Estoy acostumbrada a defenderme sola. Y empecé a leer el libro otra vez, este que ahora presentaremos. El meollo del libro es cómo Hermilio Valdizán, finalizando los estudios de psiquiatría, va al que era el manicomio de unas monjitas y se encuentra que estaban prácticamente en el medievo. En el hospital hay un museo donde están todos los instrumentos de tortura, porque ellas tenían como idea principal que los enfermos mentales estaban poseídos por el demonio. Entonces, los metían a jaulas, los colgaban del dedo gordo; en fin, toda una serie de torturas. Y cuando él ve esas cosas, se queda tan impactado que decide hablar con mi abuelo. Y Valdizán dice que siendo él de un estrato muy pobre, no sabía cómo hacer para comunicarse con mi abuelo y resulta que encontró que tenía una personalidad grande y empática. Mi abuelo se sintió tan vinculado al maltrato de estas personas que decidió tomar acción para convertir el manicomio del Cercado en un hospital psiquiátrico. Lo nombran gerente o algo así, trata de negociar con las monjitas, pero no querían abandonar sus ideas arcaicas. Entonces, las bota.
Otra vez, de armas tomar…
Las monjitas daban comida de perro, comida podrida, las sobras. Entonces, mi abuelo iba al mercado a las 5 de la mañana y negociaba la comida. Se aparecía a las 12 de la noche, hacía visita sorpresa. Se fue a Europa, visitó los mejores hospitales psiquiátricos para tener una referencia. Mi abuelo pensaba que los pacientes debían tener una vida, entonces compró herramientas agrícolas para que pudieran trabajar en el campo, a las mujeres les puso una sala de peluquería. Lo que me impresionaba de él era su capacidad para crear de la “A” a la “Z”.
¿Por qué era filántropo?
Justamente, Hermilio Valdizán dice que mi abuelo tenía esta característica que es muy importante ahora en el mundo: empatía. Cuando él se encontraba con un problema, conectaba con el sufrimiento. Mi abuelo trasciende el Larco Herrera, es de los personajes que ya no existen. Hacía plata para su provecho y para el provecho de los demás. Un hombre honrado, empático y una fuerza de la naturaleza. Ahora voy a tratar de que lo nombren personalidad meritoria de la cultura.
Si su abuelo aparece en este momento, ¿qué le diría?
Me quedaría muda, me quedaría mirándolo... Y le diría, conozcámonos, porque me gustaría escucharlo hablar... Me vas a hacer llorar...
Autoficha:
-“Soy María Teresa Amada Susana Larco de la Rosa. Nací en Miraflores. Tengo 71 años. Entré a la Católica y terminé Psicología. Quise ser chef, la familia Larco cocina maravilloso. Me gustaría hacer un segundo libro sobre mi abuelo, hay mucha información acerca de él”.
-“Actualmente, soy voluntaria en el Larco Herrera. Voy una vez a la semana a ayudar. El voluntariado trabaja ad honorem. Tienen donaciones, reparten ropa, reparten comida, ayudan. Una serie de personas que, para mí, son ángeles sobre la tierra porque son increíbles”.
-“En la época que se construyó el hospital, la población del Perú era 7 millones y en el libro te dicen que había 500 pacientes. Ahora tenemos 33 millones creo y hay unos 400 pacientes. Hay muchas personas que deberían estar internadas y hacer tratamiento, pero están sueltas en las calles”.
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