Claro, sí. Cuando rapeaba en quechua para mis amigos, me sentía orgulloso, alegre. Pero cuando rapeaba en quechua en las alamedas, los parques, en los primeros eventos tenía un poco de nervios; no sabía si la gente lo iba a tomar chévere. En los eventos más diversos, de padres de familia, jóvenes, universitarios, de todo, ahí me entraba un miedo. “Al menos, de acá 10 a 20 saben quechua”, pensaba. ¿Y si se burlan?, ¿y si se ríen?, porque ellos sí entienden. Hablaba conmigo mismo, como si fuera un loco. Y dije: “Vamos con todo”. Pero donde perdí el temor del tema escénico fue en los micros. En un micro hay personas que salen del trabajo renegando, personas tristes. Un bus es una mezcla de emociones. Y, encima, subes a joder (risas). Uno quiere ir a su casa tranquilo, ponerse los audífonos, jatear un rato. Los buses eran un reto. Me solté más y aprendí a no tener temor de rapear en quechua.