Tiene un recuerdo que probablemente sea inventado: él sentado sobre el regazo de su padre mientras lo escucha leerle un cuento. Pero su madre era quien hacía funcionar la casa. “Uno vive gracias a las cosas prácticas, pero uno quiere vivir por las historias”, me dice el escritor español Javier Peña (La Coruña, 1979).
A 25 años de estrenar la icónica película mexicana 'Amores perros', su autor vuelve a Lima para presentar una nueva novela: 'El hombre'. Perú21 entrevistó a Guillermo Arriaga.
Empezó como periodista, luego pasó a escribir discursos políticos: contabiliza unos mil. Pero renunció. Después de su debut con la novela Infelices (2015), en el plano literario todo (o casi todo) ha ido cuesta arriba, como enseñar escritura creativa, estar al frente del entrañable podcast Grandes infelices y publicar libros, entre ellos el más reciente es Tinta invisible (Blackie Books), que se traza entre el ensayo literario y las memorias ante la muerte de su padre.
Visitó el Perú para presentar el libro y dar una charla en la maestría de Escritura Creativa de la PUCP. Antes de empezar esta entrevista me dice: “Hablo mucho. Veinticinco minutos no me da ni para empezar”. Estimado lector, prepárese, que fueron cincuenta minutos.
¿Tu padre también era así de locuaz?
Sí, con los temas que le interesaban. Mi padre era un gran contador de historias y no tan buen escuchador.
¿Un escritor debería ser un buen escuchador?
Yo creo que sí. Yo creo que un escritor tiene que estar al tanto y alerta a lo que pasa en el mundo. Un gran mirador y un gran escuchador. Yo creo que todos los días estamos contándonos historias unos a otros, y creo que lo más importante es escuchar las historias de los otros, porque eso te puede llevar a generar las tuyas.
Ser un gran mirador y un gran escuchador sirve para todo en la vida, ¿no?
Cuando hago los talleres de narrativa siempre digo: “Mira, estos talleres sirven para escribir novelas, pero sirven para todo en la vida”. Para conseguir un trabajo tú estás contándole una historia a tu empleador, para conseguir una novia también estás contándole una historia, para convencer a cualquiera de lo que valemos o de lo que somos contamos historias.
¿Qué crees que diría tu padre del libro publicado?
Estaría muy feliz y orgulloso. Es un libro que supera el duelo, que supera el enfado.
¿Enfado por qué?
Mi enfado era con mis padres. Estaba más enfadado con mi madre que con mi padre.
¿Por qué con tu madre?
Nunca lo he hablado con ella. Creo que el gran motivo del enfado era que no les había gustado que yo dejase mi carrera profesional para ser escritor; mi carrera como periodista, como comunicador, cuando trabajaba como asesor en el Gobierno. Y nunca me lo dijeron así, pero creo que lo mostraban de otra forma y eso generó pequeñas tensiones. Muchas veces las pequeñas tensiones esconden el gran motivo.
¿Cómo era alguna pequeña tensión?
La pequeña tensión que explotó todo fue muy absurdo, porque estaba con mi esposa en casa de mis padres y estábamos viendo la televisión y había un programa en el que había como un debate de personas muy mayores y mi esposa comentó algo sobre la edad. Y mi madre le dijo: "¿Qué pasa, los viejos no tenemos derecho a estar en televisión?”. Entonces, se generó un gran tumulto porque yo salí a defender a mi esposa y mi padre salió a defender a mi madre. Se alzó la voz, se dijeron palabras muy feas y me fui de casa con mi esposa. Íbamos a dormir allí, pero cogimos el coche y nos fuimos. Y durante cuatro años no nos hablamos. Era una tontería por un programa de televisión. Eso lo que demostraba es que había una tensión latente y creo que la causa de la tensión era esa: no le parecía bien que yo hubiese dejado el trabajo para ser escritor.
¿Tu madre a qué se dedicaba?
Siempre fue ama de casa, nos crio, mientras mi padre estaba ocho meses al año fuera porque era marino.
Yo habría pensado que tu decisión molestó más a tu padre.
Tenía buen carácter. Le gustaba mucho leer, ver películas, beber vino, vestir bien. Mientras tuviera eso, le daba igual lo demás. Entonces, mi madre era la que se preocupaba.
Era la que se enojaba.
Sí, espero que no lea esta entrevista (risas). Es una persona muy nerviosa y muy pesimista.
Podría pensar que cuando estás serio, traes el carácter de tu madre; y cuando sonríes, eres como tu padre.
Pero la gente también piensa que soy muy tranquilo y soy puro nervio. Me consumen los nervios y el estrés. Eso es algo que me sorprende: que el podcast tuviese tanto éxito, porque siempre pensé que era incapaz de transmitir con mi voz.
¿El nervio es fundamental para un escritor?
Yo creo que no. Se puede ser un escritor tranquilo. El nervio es fundamental para un escritor de 2025; quiero decir, vivimos en una sociedad de puro estrés y lo que me gustaría que fuese la escritura es algo pausado. Pero el mundo editorial y el mundo actual te impiden que haya una pausa. Quieren que hagas otro libro ya, que hagas otro episodio de podcast, una charla aquí y mañana en la feria de no sé qué... Yo nunca he estado tan estresado como estos últimos años.
Yo decía lo del nervio porque nos mantiene alertas para, precisamente, atender las historias y finalmente absorber el mundo.
Yo creo que el nervio te hace atender a las historias, pero no te hace digerirlas. Soy el primero que piensa que la infelicidad es un gran motor creativo, pero una cosa es la infelicidad y otra es el estrés. Mi vida actual es como hacer scroll en Instagram: no vas disfrutando de las cosas, sino que vas pasando por las cosas con el dedo.
Cuando tu padre regresaba de viaje, ¿cómo eran esos reencuentros?
Eran tan maravillosos, como tristes eran las escenas de cuando se iba, y eso ha marcado mi vida. Mi padre se pasaba cuatro meses fuera, dos en casa; cuatro meses fuera, dos en casa. Eso para un niño de 5 o 6 años es la vida entera. Era como si mi padre se muriera dos veces al año y luego resucitara. Y en mi casa había un luto cuando mi padre se iba. En cambio, cuando mi padre venía, era todo fiesta durante dos meses. Y esa falta de cierta coherencia en mi educación o en mi línea emocional la he adaptado para el resto de mi vida. Cuando peor estoy es cuando estoy feliz porque tengo miedo de perder esa felicidad.
¿En qué momento pensaste que lo tuyo era escribir?
Siempre. Estudié periodismo para escribir y me parece un grave error. Mi etapa como periodista fue un fracaso. Yo siempre tuve puestos terribles, cobraba muy poco, trabajaba muchas horas, no veía futuro. Luego pasé a ser asesor de comunicación, escribía discursos para políticos y fue terrible. En ese momento perdí toda la confianza en mí mismo y pensé que no iba a ser escritor.
¿Tus hermanos a qué se dedicaron?
Abogado e ingeniero. Yo soy la oveja negra. Me dediqué al gremio menos lucrativo.
¿Por qué crees que elegiste este camino?
Porque me gustan más las historias que el dinero (risas). A ver, yo soy una persona depresiva y aparte confieso que llevo unos meses atravesando una de las peores depresiones de mi vida. Yo trabajo siete días a la semana, diez horas al día. Sí, es un trabajo bonito porque me dedico a leer, me dedico a escribir, pero he descuidado mucho otras cosas. El hecho de que el podcast tenga mucho éxito lo celebro, pero al mismo tiempo me bloquea. Saber que hay 250,000 personas esperando el podcast me bloquea. Cada vez me exijo más.
En un momento de 'Tinta invisible' se plantea la idea de que el escritor tiene una responsabilidad moral. ¿Por qué?
No sé si es algo moral, pero sí que es como una presión, como una deuda con la gente.
¿Pero el escritor tiene una responsabilidad moral?
Todos tenemos una responsabilidad moral. Eso no quiere decir que tenga que hacer novelas de púlpito, en el que esté aleccionando y tal, eso no me gusta. Un escritor tiene una responsabilidad moral, pero no tiene que adoctrinar. Mi libro no es un manual de autoayuda. Es verdad que lo que cuento es una superación del duelo y lo que me gusta es que la gente se pueda sentir identificada, pueda sentir esa emoción. No intento aleccionar a nadie de "esto se supera así”, sino simplemente “mira, a mí me pasó esto”.
¿Y se supera la pérdida del padre?
Se supera el dolor de la pérdida, pero no se supera la ausencia.
¿Tu madre ya leyó el libro?
Sí, lo leyó con mucho miedo. Le contó a mi esposa que había llorado mucho escuchando el podcast, pero luego cuando leyó el libro le gustó mucho y me dijo: “Gracias por escribirlo, a tu padre le habría encantado”.
¿Este libro ha cambiado la relación con tu madre?
No. Nos ha acercado un poco, pero no. Es una relación muy difícil, fue muy buena en su época, y ahora es fría.
¿Qué marcó esa distancia?
Digamos que toda mi vida ha sido alejarme de mi madre, porque era una persona que me hacía daño. Creo que ella representa lo que no me gusta de mí. Muy pesimista, muy irritable, muy nerviosa, muy no sé. Quiero librarme de eso y ser más como mi padre.
Si tu padre aparece en este momento, ¿qué le dirías?
Echaría a correr, probablemente me moriría de un infarto (risas). Pero, si supero ese momento, le diría que leyese el libro y si se siente orgulloso de haber creado un escritor, porque al final fue lo que hizo.
Autoficha:
-“Soy Javier Peña López. Tengo 46 años. Nací en La Coruña. Me fui a los 18 años a Santiago de Compostela para estudiar periodismo. Hice nueve años periodismo deportivo, no es algo de lo que me sienta satisfecho. Tenía que hacerle discursos a una persona que detestaba”.
-“Mi mejor amiga enfermó de cáncer y fue como la espoleta para crear una novela que se llama Infelices, que fue mi primera novela. Escribí eso por necesidad, porque era muy infeliz en ese momento, pero no tenía intención de publicarlo. Se lo di a leer a tres personas”.
-“Y por casualidad una de esas personas conocía a una agente literaria. Se lo mandé y fue la magia, el azar. Renuncié al trabajo cuando firmé con la editorial. Era lo que tenía que hacer. He vivido dos depresiones, actualmente y antes de firmar con la editorial, cuando escribía los discursos políticos”.
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