Ha sido una larguísima rampa de aprendizaje y desaprendizaje, movido sobre todo por el amor, tratar de entender a mis hijas, estas mujercitas que se iban haciendo grandes y que me cuestionaban no solo con sus conductas sino también con sus respuestas. Yo no tengo mayor mérito en ello, porque fue la necesidad de mantener una armonía en mi entorno la que me llevaba a cuestionarme y a compararme con el hogar en donde había sido criado. Quizás, la clave de toda esta fricción constante en la novela esté en que yo mismo como peruano de mi edad considero que siempre estaré a medio camino entre ser un feminista y ser un machista. Soy un machista en constante redención, es esa suspensión perpetua entre dos orillas la que quizás enriquezca los pensamientos que ocurren en la novela.