Aún recuerda aquella madrugada que tuvo que dormir en la puerta del penal de máxima seguridad de Challapalca, en las alturas de Tacna, a 4,800 metros sobre el nivel del mar. Su hija tenía meses de nacida y Dayana tuvo que sacarse la leche que no podía darle, y la botaba. No tenía opción a nada en medio de la nada. Solo esperar para ingresar al penal y obtener la información que necesitaba para el reportaje que preparaba. “Siempre tuve claro que quiero hacer esto”, me dice, pero su voz a veces duda y otras, se afirma en la convicción de sus palabras. Es lunes, su día de descanso.