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Un solo corazón por el Perú

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Monseñor Carlos García Camader, Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana

En el inicio de un nuevo gobierno, una reflexión desde la fe propone dejar atrás la confrontación y asumir la reconciliación, el bien común y el servicio como pilares del futuro del Perú.

 

El Perú se encuentra en las vísperas de un momento jubilar y trascendental. Este 28 de julio, al celebrar 205 años de nuestra independencia nacional, no solo conmemoramos el valeroso camino de una patria que ha aprendido a caminar unida durante más de dos siglos, sino que asistimos al inicio de una nueva etapa institucional con el comienzo del gobierno de la presidenta Keiko Fujimori.

Como pastores de la Iglesia en el Perú, encomendamos y entregamos a Dios este nuevo periodo, no como la simple continuidad del calendario político, sino como la oportunidad histórica para iniciar una verdadera y urgente tarea reconciliadora.

Nuestra patria no puede seguir prisionera de las fracturas. Es momento de dejar atrás los odios, los enconos y aquellas etiquetas divisorias de derechas e izquierdas que solo consiguen paralizar el alma de la nación.

La fe nos convoca a ir más allá de las ideologías. Como bien nos recordaba el humanista Raúl Ferrero Rebagliati: “El humanismo cristiano parte de la base de que el cristianismo no es una ideología sino una religión. Aspira a humanizar el mundo, depurando las instituciones sociales de la carga de egoísmo que encubren”. El auténtico lema de nuestro pueblo debe ser el amor a cada hermano y la comunión solidaria, orientando todos los esfuerzos hacia la búsqueda del bien común.

¿Y qué es el bien común? En la Doctrina Social de la Iglesia, se refiere al conjunto de condiciones y estructuras que permiten a cada persona y comunidad alcanzar su máximo potencial, viviendo con plenitud y dignidad. Sin embargo, nada de esto se logrará si dejamos que el egoísmo domine nuestras almas, en especial las de aquellos que tienen la misión de velar por todos los peruanos. Atender esta necesidad es un deber imperioso que debe asumir el nuevo gobierno y cada una de las autoridades, extendiendo su labor hasta el rincón más distante e inhóspito de nuestra patria.

A su vez, el bien común encuentra su horizonte más elevado cuando mantenemos la mirada puesta en Dios, quien jamás nos abandona. Este maravilloso pueblo nos enseña día a día que la fe no se apaga; aun en medio de las pruebas más duras que nos ha tocado vivir en estos últimos tiempos de nuestra independencia como el terrorismo, y la pandemia, siempre la esperanza ha sido el consuelo más importante frente al dominio del individualismo y la mezquindad.

Frente a una “cultura del poder” que con tanta frecuencia automatiza las decisiones y normaliza los conflictos, hoy más que nunca, en el entorno digital y político. Justamente el papa León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, nos ha hecho un llamado enérgico a edificar la “civilización del amor”. Nos dice el santo padre: «Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad». (Magnifica Humanitas n.° 1) Los peruanos de hoy tenemos la responsabilidad de moldear nuestro tiempo bajo estos pilares.

Para lograrlo, el camino fundamental es el perdón. La Sagrada Escritura nos ofrece una brújula infalible en las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo (5, 9): «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios». La paz y la reconciliación no significan la ausencia de tensiones, sino el acto valiente de tender puentes. Ese esfuerzo nace del amor a Dios y se traduce en el amor al prójimo. Necesitamos construir un país donde volvamos a ser creíbles y sigamos siendo creyentes; una nación donde la confianza mutua cure las heridas del pasado.

En esta tarea de cercanía y entrega, debemos seguir el ejemplo de santo Toribio de Mogrovejo, de quien este año celebramos los 300 años de su canonización. Aquel obispo intrépido que recorrió a mula los caminos más difíciles de nuestra geografía nos dejó una enseñanza imperecedera para todos los que quieren ser verdaderos servidores de sus hermanos.

Al final de la tradicional Misa Solemne de este 28 de julio, nuestras voces se elevarán para entonar las milenarias estrofas del Te Deum, el himno de acción de gracias que acompaña cada año la historia de nuestra república y cuando cantemos con fervor: “Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad. Sé su pastor y ensálzalo eternamente”, elevaremos también una oración por las autoridades que asumen el liderazgo del país y por cada ciudadano de este suelo.

Que estos 205 años de vida independiente nos recuerden, además, el inmenso privilegio de contar con el afecto de un papa misionero que se enamoró de nuestra tierra, que nos conoce profundamente por haber recorrido nuestras carreteras, que nos acompañó en las horas más oscuras del terrorismo y la pandemia, y que lleva al Perú grabado en el corazón. Que su amor y bendición nos inspiren a desarmar los discursos de confrontación y a trabajar, unidos como un solo cuerpo, por el desarrollo integral, la justicia y la ansiada paz de nuestra patria.

Que nuestros santos peruanos, santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa de Lima, san Francisco Solano, san Martín de Porres y san Juan Macías intercedan por nosotros.