Seamos dignos del Perú
La historia del Perú ofrece una lección vigente: superar las divisiones, reconciliar a los ciudadanos y entender el servicio público como un deber para construir un proyecto común de largo plazo.
El Perú es un país con Historia, un país antiguo entre los más antiguos, cuna de la civilización humana al igual que los sumerios o los egipcios. Eso es lo que somos y así ha quedado registrado en cada paso de esa larga travesía, al igual que en nuestros sucesivos mestizajes, en nuestra geografía, desde Caral y el Norte Chico, en nuestras huacas que son miles como imponentes son las Líneas de Nasca, el Qhapaq Ñan, las fortalezas, los observatorios astronómicos, los santuarios y acueductos que aún se yerguen pese al tiempo, la desidia y la destructora supresión de invasores e ignorantes.
Somos un país milenario y, sin embargo, las más de las veces nos obstinamos en estancarnos en el corto plazo, absortos en mirarnos los ombligos, renuentes a despegar los ojos de las cuitas, de las cuentas por cobrar, de las facturas pendientes.
La guerra entre Huáscar y Atahualpa reveló las mil y una fracturas que trajeron abajo el sistema político del Imperio de los incas, mas no su urdimbre social, económica y cultural que permanecen hasta hoy. Casi de inmediato sobrevinieron las conspiraciones y traiciones, los enfrentamientos sempiternos entre pizarristas y almagristas, entre monárquicos y republicanos, entre confederados y restauradores, entre pierolistas y antipierolistas, clericales y anticlericales, militaristas y antimilitaristas, apristas y antiapristas, fujimoristas y antifujimoristas.
¿De qué sirve tanto discurso inflamado para quienes se encuentran presos en el Mito de Sísifo, odiando y rumiando por toda la eternidad?
¿De qué sirve la erudición de las bibliotecas o el florido conocimiento de las citas a pie de página si tu ánimo inquisidor te vuelve miope? ¿Cuál es tu aporte si te quedas en la hoja y eres incapaz de mirar el árbol, menos el bosque? La promesa de la vida peruana de la que hablaba Basadre es una visión de largo plazo, una visión de prosperidad compartida, de instituciones justas y de leyes que respeten la libertad y la diversidad de todos los peruanos.
El 5 de junio de 1880, dos días antes de la batalla en el Morro de Arica, el coronel Francisco Bolognesi recibió en la Casa de la Respuesta a un emisario chileno, el mayor Juan de la Cruz Salvo, quien a nombre del general chileno Manuel Baquedano, le intimó a una capitulación honrosa a fin de evitar mayor derramamiento de sangre considerando la aplastante superioridad del ejército chileno. Bolognesi y Salvo estaban sentados en el único sofá de aquella austera vivienda. Bolognesi formuló su famosa respuesta con firmeza y serenidad, sin necesidad de levantar la voz ni de insultar: “Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”.
Es una respuesta hermosa porque junto con ella se va la vida. Pero además porque revela un convencimiento de que hay algo superior a nuestra existencia de simples mortales.
Son deberes sagrados porque existe un ánimo de trascender y de liderar que es respaldado por los jefes de estado mayor: La Torre, Varela, Inclán, More, Arias, Zavala, Cornejo, Sáenz Peña y, cómo no, Alfonso Ugarte. Y es una respuesta que se plasma en los hechos, en el comportamiento, en la acción del campo de batalla, en forma inmediata y definitiva.
¿Qué otro llamado de acción más certero podría ser el llamado a pensar en el Perú, a trabajar por el Perú, a alzarnos sobre lo pequeño y contribuir a la reconciliación de todos los peruanos, especialmente la reconciliación basada en el reconocimiento de los peruanos más humildes?
La principal lección del proceso electoral es que la mayoría de los peruanos quiere y anhela sentarse a la misma mesa de la prosperidad compartida. La mayoría de los peruanos quiere y anhela mirarnos a los ojos y reconocernos como peruanos, porque siempre es mucho más lo que nos une que lo que nos divide.
Las distancias muchas veces insondables entre los peruanos de Lima y de provincias, los peruanos del norte y del sur, los peruanos de las urbes y de la ruralidad, los de la costa y las regiones altoandinas, desaparecen como por arte de magia en momentos puntuales.
Por ejemplo, cuando nos abrazamos entre desconocidos para celebrar un triunfo deportivo, o cuando de improviso compartimos algo de nuestra gastronomía, cuyo sabor o tibieza o color nos devuelve a la niñez; o cuando, alejados de nuestra patria, en alguna plaza lejana de pronto escuchamos el dejo inconfundible y melodioso de un peruano, y nos emocionamos y, nos ponemos a conversar.
Quienes aspiran a algún liderazgo deben comprender que su tarea es convertir en algo cotidiano esos momentos mágicos en que las distancias entre los peruanos desaparecen. Para ello, lo primero es poner el Estado al servicio de los ciudadanos.
Cada funcionario, sea en el nivel distrital, provincial, regional o nacional, debe actuar como un servidor público. Aceptar y comprender lo que significa ser un servidor público lleva inherente la comprensión de que el Perú no es fuente de un sentimiento ocasional o de un entusiasmo pasajero, sino un deber que debemos cumplir.
Desterrar la corrupción, ser austeros en nuestra vida pública y privada, amar al Perú por encima de las ideologías, los rencores o los dogmas, acometer el esfuerzo de unir y concertar sana y serenamente, transparentemente, guiados por principios y no por cálculo político o pecuniario, pensando que hay deberes que cumplir y que depende de cada uno de nosotros contribuir a la promesa de que la vida peruana hará que el Perú sea en verdad firme y feliz por la unión.
