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La reconciliación pendiente

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Milagros Muñoz, Comunicadora política

La reconciliación del Perú también pasa por reconstruir la confianza en la política. Para ello, el desafío es fortalecer los partidos y convertirlos en verdaderas escuelas de liderazgo democrático.

 

Cuando pensamos en desarrollo solemos pensar en economía, infraestructura o generación de empleo. Pero los países además se desarrollan cuando fortalecen sus instituciones y estas, a su vez, impulsan un clima de confianza en la ciudadanía. Esa confianza, hoy escasa, puede reconstruirse. Allí comienza, también, la reconciliación que el Perú necesita.

Es entonces donde cerrar brechas o bajar el tono de la confrontación resulta insuficiente, porque seguimos sin preguntarnos: ¿quién nos reconcilia con la política? Y responder esa pregunta implica hacernos otra, quizá más incómoda: ¿quién nos reconcilia con los partidos políticos?

Durante años, los partidos dejaron de ocupar el lugar que debían tener en nuestra democracia —tal vez nunca lo hicieron plenamente— y pasaron a ser un asunto reservado para candidatos o especialistas. Cuando hablamos de ellos, suele ser por escándalos o procesos electorales. Parecen instituciones incluso prescindibles.

Sin embargo, los partidos políticos no son un accesorio. Son —o deberían ser— la bisagra donde los líderes con vocación de servicio puedan formarse, construir propuestas y asumir la responsabilidad de conducir el país. Cuando esa bisagra no funciona, se resiente la sociedad. Y si queremos reconciliar a los ciudadanos con la política, primero debemos reparar ese mecanismo.

Venimos confundiendo reforma política con modificación de reglas electorales: alteramos requisitos, elevamos vallas y endurecemos sanciones. Decisiones que, en muchos casos, terminaron debilitando la institucionalidad que pretendían fortalecer, porque se centraron en controlar o reducir a los partidos y no en optimizarlos, descuidando así su vida institucional.

Ha llegado el momento de cambiar el enfoque, porque el Perú sí tiene futuro y es, precisamente, desde esa convicción que vale la pena repensar nuestra reforma política. Aquí algunas propuestas.

Una reforma política debe comenzar por generar incentivos para la institucionalidad, distinguiendo entre las organizaciones que han construido una trayectoria sostenida y aquellas que recién aparecen en el escenario electoral.

Hoy, por ejemplo, nuestro sistema no establece diferencias entre la inscripción de un partido y la reinscripción de uno ya existente. Menos aún distingue entre un partido con más de 100, 70 o 50 años de vida —como el APRA, Acción Popular o el PPC— y uno creado hace apenas unos años. Esa lógica transmite la idea de que construir instituciones duraderas carece de valor para el sistema político o, peor aún, que resulta más conveniente crear y crear partidos.

Pero el corazón de la reforma debe responder esencialmente a una pregunta: ¿por qué tantos peruanos capaces y honestos prefieren mantenerse al margen de la política y de los partidos? No es solo por el desprestigio que hoy arrastran algunos personajes, sino porque muchos perciben que el mérito rara vez basta para crecer. Predomina la sensación de que los grupos cerrados o los acuerdos internos pesan más que el trabajo o la capacidad, convirtiendo a los partidos en espacios con barreras de acceso inflexibles y, por tanto, en una pérdida de tiempo para quien quiere aportar.

En pocas palabras, se trata de un problema de democracia interna. Quien decide afiliarse debe tener la certeza de que podrá construir una trayectoria política sobre la base de su trabajo. Esa predictibilidad es indispensable para atraer nuevos liderazgos.

Para ello, la elección de dirigentes y candidatos debería responder a un principio simple e invariable: un militante, un voto. No solo porque fortalece la legitimidad de quienes resultan elegidos, sino porque convierte a la militancia en el verdadero centro de la vida partidaria.

Sin embargo, ese principio solo será creíble si garantizamos que los padrones de afiliados reflejen una militancia auténtica. Entonces, el proceso de afiliación debería realizarse directamente ante el Registro de Organizaciones Políticas o el Reniec, a solicitud del propio ciudadano, dejando posteriormente a potestad del partido su aceptación como militante.

De esa manera se reducen las afiliaciones indebidas, se fortalece la voluntad individual de querer pertenecer a la agrupación y se libera a las organizaciones políticas de una carga administrativa que hoy centraliza innecesaria e ineficientemente esa función.

Ese nuevo modelo debería complementarse con un sistema de elecciones dirigenciales organizado por la ONPE en una misma jornada para todas las organizaciones políticas, como ya sucede en las elecciones primarias. Ello reduciría los conflictos electorales internos y consolidaría una cultura de renovación periódica de liderazgos.

Estos cambios, aunque no suenan tan rimbombantes como el retorno a la bicameralidad u otros asuntos, resultarían más adecuados para comenzar a sanar el corazón de nuestra democracia, reconstruir la confianza y sentar las bases de una verdadera reconciliación, capaz de sostener los éxitos futuros del país.