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El bolsillo roto del Estado

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Elena Conterno, Especialista en políticas públicas

El bienestar de los peruanos depende de tres pilares: un Estado que funcione, una economía que genere oportunidades y un país seguro. Una propuesta para reconstruir esos cimientos en el próximo quinquenio.

 

El bienestar de una familia se sustenta en dos bolsillos y un piso. Un bolsillo, el derecho, recibe lo que gana con su trabajo, su empresa o su emprendimiento. El otro, el izquierdo, se llena con lo que el Estado le entrega: educación, salud y otros servicios. Y debajo de ambos está el piso: el orden, la seguridad, la justicia y las instituciones.

En las últimas décadas, el bolsillo derecho se ha ido llenando. La inversión privada generó empleo e ingresos, y con ellos millones de peruanos salieron de la pobreza. Entre 2004 y 2019, el crecimiento económico explicó el 85% de la reducción de la pobreza (Banco Mundial), y el programa social más exitoso del país, la agroindustria, llevó la pobreza de las zonas agrarias del 80% al 30%.

En cambio, el bolsillo izquierdo se fue vaciando y terminó roto. Le hemos puesto más recursos que nunca y los servicios han empeorado; el dinero se escapa por los agujeros de la falta de meritocracia, la persecución a los buenos funcionarios y la corrupción. El Estado ha fallado, lamentablemente cada vez más.

Mientras tanto, muchas familias han optado por pagar esos servicios de su propio bolsillo (el derecho). Los más pobres, que dependen solo del Estado, se quedan con lo que el bolsillo roto penosamente ha podido entregar.

Y el piso se agrietó. Hoy, el principal problema de las familias es la inseguridad, y seguimos arrastrando debilidades en el sistema de representación que impiden que los intereses ciudadanos primen en las decisiones políticas y públicas.

En los próximos cinco años debemos fortalecer el piso, zurcir y llenar el bolsillo izquierdo, y mantener el dinamismo que llena el derecho. La responsabilidad no puede recaer solo en el nuevo gobierno. Todos los partidos con representación en el Congreso son responsables de impulsar una agenda en este sentido.

Primero, el piso, la seguridad. Una madre debe poder mandar a sus hijos al colegio sin miedo; un emprendedor, abrir su negocio sin pagar cupos; un transportista, trabajar sin amenazas. Debemos fortalecer la capacidad de enfrentar al crimen organizado con servicio de inteligencia y equipos especializados, así como las capacidades de los policías para intervenir respetando los derechos humanos. Y debemos respaldarlos cuando hacen un uso legítimo de la fuerza.

El piso es también instituciones y representación. Necesitamos partidos políticos sólidos, con presencia nacional y democracia interna, que respondan por las autoridades que llevan al poder y sean el primer control frente a sus arbitrariedades. Sin ellos, seguiremos teniendo clientelismo, improvisación y populismo. Las normas electorales y el financiamiento público a los partidos deben apuntar a ello.

Luego está el bolsillo izquierdo. Requerimos meritocracia de verdad. Los puestos de alta dirección que conducen programas, reguladores y entidades ejecutoras tienen que ocuparlos personas con experiencia, integridad y capacidad, y dejarlos quienes llegaron por favor político. El cambio de un ministro no puede obligar a cada institución a empezar de cero. Y hay que proteger a quien decide de buena fe: hoy, demasiados profesionales competentes dicen “no vuelvo al Estado”, agotados por juicios sin fundamento que nacen de informes de control o investigaciones fiscales deficientes. Sancionemos con firmeza la corrupción, pero terminemos con la tortura judicial; creemos dentro de la Contraloría y Procuraduría órganos colegiados autónomos —al estilo de Indecopi— que frenen las acusaciones y apelaciones automáticas.

Lo segundo es enfocarnos en los servicios y no solo en la infraestructura. Un colegio nuevo sirve si los niños aprenden; un hospital, si los pacientes reciben atención oportuna, medicamentos y buen trato. Hoy gastamos más y obtenemos menos. Como parte de ello, demos opciones a las familias vulnerables, para que, con financiamiento estatal, puedan optar por terceros acreditados, como ya hace Beca 18. Hagamos contratos con estándares claros y pago por resultados, en que, si el proveedor no cumple, no cobra. Paradójicamente, quienes se oponen a esta medida suelen mandar a sus propios hijos a colegios y clínicas privadas.

Después, el bolsillo derecho. Mantener el dinamismo económico es indispensable: no solo por su efecto directo en el bienestar de las familias, sino que de allí salen los recursos que financian los servicios que debe proveer el Estado para el bolsillo izquierdo. Necesitamos mantener la estabilidad macroeconómica, respetar la autonomía del Banco Central de Reserva y retomar la prudencia fiscal. Sobre lo último, un paso en la línea correcta es el criterio vinculante recientemente establecido por el Tribunal Constitucional, en el sentido de que el Congreso por regla general no puede promover leyes que incrementen el gasto o incidan en el presupuesto anual o futuro. Pero falta camino por recorrer para hacer frente a déficits que incumplen las reglas año tras año, un presupuesto cada vez más rígido y empresas públicas, como Petroperú, que drenan recursos. El MEF debe volver a ser técnico y poner freno.

Necesitamos también favorecer la inversión privada con reglas predecibles, respeto a los contratos y a la propiedad, permisos simples y una acción firme contra las economías ilegales. Asimismo, debemos frenar el abuso municipal, que consiste en una maraña de trabas y cobros que ahuyenta la inversión.

Necesitamos cinco años de trabajo sostenido, en los que se ponga a las personas por delante de los intereses políticos, y al servicio efectivo y de calidad por delante del estatismo y la inauguración de obras. Reforcemos el piso, zurzamos y llenemos el bolsillo izquierdo que está roto, y cuidemos el derecho. Que sea un quinquenio que devuelva a los peruanos la confianza en su Estado para dar bienestar y oportunidades a sus familias.