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Martin Naranjo, Presidente Consejo Directivo ASBANC

Tras cada elección abundan las recetas para el nuevo gobierno. Pero el verdadero desafío no es definir qué hacer, sino desarrollar las capacidades institucionales y sociales para hacerlo realidad.

 

Las elecciones producen un fenómeno interesante. Al día siguiente de conocerse los resultados, aparecen decenas de artículos en diferentes medios en donde muchos expertos explican lo que debe hacer el nuevo gobierno. Los economistas proponen reformas. Los politólogos recomiendan alianzas. Los especialistas en seguridad hablan de inteligencia. Los expertos en educación presentan sus prioridades. Casi todas esas recomendaciones son razonables y, en muchos casos, emanan de experiencias muy relevantes. Es la conversación natural después de las elecciones. Desde la tribuna, abundan las estrategias.

Sin embargo, el desarrollo de un país no se decide desde la tribuna. Se construye en la cancha. La tribuna importa, las ideas importan, pero no vamos a prosperar por la calidad de las columnas de opinión, sino por la manera en que convertimos esas ideas en resultados concretos. El problema del Perú, entonces, no es que no sepamos qué hacer. El problema es cómo hacerlo, y, de manera no tan evidente, con qué capacidades hacerlo.

Cuando hablamos de capacidades solemos pensar inmediatamente en presupuesto. No obstante, un país ejecuta con mucho más que partidas presupuestales: ejecuta con equipos honestos y competentes, con instituciones que aprenden, con conocimiento acumulado, con memoria institucional, con confianza entre quienes deben trabajar juntos, con liderazgo y con organizaciones capaces de mirar el largo plazo. Ese acervo institucional es mucho menos visible que una carretera o un puente, pero suele ser más determinante. Cuando no calibramos bien la necesidad de ese intangible, tampoco calibramos bien lo que cuesta transformar buenas ideas en buenos resultados.

A lo largo del tiempo he podido constatar que los proyectos ambiciosos no suelen fracasar únicamente por falta de claridad en el diagnóstico o por falta de objetivos bien definidos. A menudo fracasan cuando no tomamos en cuenta el enorme esfuerzo que implica llevarlos a cabo. Nos sobran ejemplos de proyectos bien diagnosticados y mal ejecutados, desde intentos de reforma hasta proyectos de infraestructura paralizados. En este sentido, el mayor desafío de gobernar consiste, sobre todo, en reunir las personas, las instituciones, los recursos, la tecnología, el tiempo y la confianza necesarios para concretar con éxito las políticas públicas. No hay ninguna duda de que un buen diagnóstico y una buena propuesta de solución importan, pero, por sí solos, estos elementos no necesariamente conducen a buenos resultados. Una buena propuesta de solución tiene que ir de la mano con la identificación y la construcción deliberada del conjunto de capacidades necesarias que harán posible ejecutarla con éxito.

Cada cinco años elegimos quién administrará el Estado. Elegimos un gobierno, pero un gobierno para un país que elegimos todos los días, porque todos los días decidimos, con millones de acciones individuales, qué país queremos construir. Nuestro país es resultado de la decisión diaria de quienes luchan, de quienes hacen bien su trabajo, de quienes generan empleo, de quienes enseñan, de quienes investigan, de quienes emprenden, de quienes se capacitan y de quienes sirven desde el Estado. Es resultado de las decisiones diarias de todos los peruanos.

Por eso, es un error pensar que los próximos cinco años dependerán exclusivamente del nuevo gobierno. El nuevo gobierno importará muchísimo, por supuesto; sin embargo, ningún gobierno, por competente que sea, puede reemplazar la disposición de una sociedad para organizarse, cooperar y sostener un esfuerzo común en el tiempo. Ese también es un desafío central. No es solo definir prioridades, también es construir capacidades. Esa tarea no puede recaer únicamente sobre el gobierno porque esas capacidades no residen exclusivamente en el Estado: residen en toda la sociedad.

Residen en trabajadores que desarrollan sus destrezas, en empresarios que invierten en horizontes que cruzan generaciones, en universidades que forman talento y valores, en jueces que fortalecen la confianza, en medios de comunicación que ayudan a comprender, en organizaciones que acercan posiciones y en gremios capaces de representar legítimamente a sus asociados. Todos somos parte de la infraestructura institucional que permite que una sociedad alcance los resultados que desea. Todos contribuimos a movilizar recursos, a generar acuerdos, a construir confianza y a sostener una visión de largo plazo cuando la coyuntura nos empuja a replantear prioridades.

Quienes dirigen partidos, empresas, universidades, gremios, medios de comunicación o instituciones públicas, en virtud de sus roles, pueden tener mayor influencia sobre el rumbo del país. Esa mayor influencia es también una mayor responsabilidad de convocar y de tender puentes. En última instancia implica mayor compromiso y una mayor responsabilidad en la articulación de un proyecto de país. Reconciliación no necesariamente es dejar de discrepar, sino, principalmente, construir juntos un Perú capaz de organizarse alrededor de un propósito compartido.

Los países no cambian cuando saben qué hacer. Cambian cuando desarrollan la capacidad de hacerlo. Quizá, por eso, preguntarnos qué esperamos del próximo gobierno no sea la pregunta correcta. Quizá la pregunta correcta sea qué espera el próximo Perú de nosotros o, dicho de otra manera, qué ciudadanos queremos ser. Porque el recurso escaso en el Perú no son las ideas. Es nuestra capacidad de actuar juntos para convertirlas en realidad.